Plumas y plumajes

01 de febrero 2026 - 03:08

No hablaban de literatura. Hablaban de sí mismos. Creaban sus propios personajes a los que sabían alimentar su hambre insaciable de protagonismo. Cela presumió ufano de absorber más de un litro de agua vía anal. Umbral, envolvió su prosa poética en una bufanda roja que lucía en los platós de televisión mientras se cabreaba por no hablar de su libro. Arrabal, ebrio de egolatría, anunciaba el milenarismo mientras daba besos de chacha en la calva a un contertulio. Pérez-Reverte esgrimió un tono nuevo y viejo a la vez, faltón, arrabalero, que le dio sonoridad a sus artículos. Los que han querido hablar de política o servirse de ella, también han sabido jugar su juego. El malditismo siempre tuvo su punto de impostura.

Quevedo y Góngora, más puristas, lidiaron sus disputas, pluma en mano. Valle-Inclán perdió su brazo por una disputa en un café cuando aún no era archiconocido. Las únicas peleas de verdad de los escritores son la que lidian consigo mismo o aquellas otras en las que batallan por amor. Lo demás es sobreactuación. Cuánto más dolidos, menos fiables. Cuánto más puristas, más maleables. Nada como conocer las biografías de los escritores, al menos de los grandes, para comprender su evolución, sus vaivenes, sus vulnerabilidades, su obra.

Recuerdo mis trasnoches de jovencilla para ver el coloquio de “La Clave” esperando a que acabara la película para que empezara lo grande. A Sánchez-Dragó entrevistando sesudamente (porque era un gran lector) a los mejores escritores sin clasificarlos previamente ni reclamarles su carnet ideológico. No conocía yo por aquel entonces de dónde se había escapado cada uno. Me interesaban su brillantez, su coherencia, su camino creativo. Los escritores no debieran tener más mérito o demérito que su bagaje literario.

Hubo un tiempo en que los encuentros literarios se hacían entre literatos, de todo pelaje, pero literatos. Es más fácil que se entiendan, incluso peleándose, los que se dedican a lo mismo. Pero a los encuentros literarios actuales también les ha llegado su afán de protagonismo, su hambre de polémica, de provocación y victimismo. Pesan más los nombres que los contenidos. No soy en esto ni de Belmonte ni de Joselito. Son muchos los encuentros y lecturas poéticas que no se cancelan, que son plurales y que se organizan sin ruido, con verdad y enjundia. No hay que llamar a vedettes que acaban por convertir todo en un cabaret para lucir sus plumas.

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