Propagandistas de la verdad

Pablo Pomar Rodil / Socio de la ACdP

La psicología no basta

29 de enero 2026 - 05:18

En los momentos de gran tragedia, cuando la muerte irrumpe sin aviso y el ser humano se ve súbitamente despojado de toda seguridad, aflora con crudeza una pregunta que nuestro mundo moderno intenta sofocar: ¿qué puede el hombre cuando ya no puede nada? La respuesta mayoritaria de nuestra sociedad es clara: psicólogos, protocolos, asistencia emocional y equipos de intervención. Todo eso es legítimo y, en muchos casos, valioso. Nadie niega la utilidad de la ciencia psicológica ni su contribución al acompañamiento del sufrimiento. Pero el problema surge cuando se absolutiza lo humano y se clausura, de manera sistemática, toda dimensión trascendente.

El desgraciado accidente de ferrocarril en Adamuz, donde se impidió el acceso de los sacerdotes que acudieron a administrar la Extrema Unción a los moribundos —hecho denunciado públicamente por el obispo de Córdoba—, viene a alertarnos sobre esta mentalidad. El problema no fue que ya hubiese psicólogos, sino que ya no hay sacerdotes en los protocolos de emergencia. Pero negarle el auxilio espiritual a los moribundos no es neutralidad institucional sino una forma atroz de violencia cultural, pues viene a impedir que el hombre reciba lo que más necesita cuando ya no puede salvarse a sí mismo. No se trató de un simple error organizativo, sino de algo más profundo, de una cultura que considera que la fe es prescindible incluso cuando el alma se juega su eternidad.

Al hilo de este trágico suceso, me ha venido a la memoria lo que un amigo sacerdote me recordaba hace poco con motivo del no menos trágico desastre del bar alpino de Crans-Montana, donde también los psicólogos acapararon todo protagonismo en hospitales y tanatorios. Me contaba que estaba de paso por Madrid en diciembre de 1983, cuando tuvo lugar el incendio de la discoteca Alcalá 20. En mitad de la noche sonó el teléfono de la residencia sacerdotal donde estaba alojado: “Que acudan todos los sacerdotes que puedan. Hay moribundos que necesitan confesión y extremaunción”. En plena “Movida”, en el corazón del desfase ochentero, aún quedaba un rescoldo de fe y nadie cuestionó entonces que los sacerdotes debían estar allí ¿Qué ha pasado desde entonces para que estemos así?

Todo hace pensar que, paulatinamente, en los años que van de Alcalá 20 a Adamuz, casi sin darnos cuenta, nuestra sociedad ha ido transitando hacia una reinterpretación del sufrimiento que lo presenta casi exclusivamente como una suerte de “problema técnico”. Se medicaliza el dolor, se gestiona el trauma, se acompaña el duelo… pero se niega que el hombre sea más que un conjunto de reacciones psicoemocionales, sustituyéndose de consecuencia la esperanza sobrenatural por la gestión científica del sufrimiento. Frente a esto, la Iglesia no pide privilegios, sino justicia espiritual: el derecho de todo ser humano al bien morir. Porque cuando el hombre ya no puede nada, sólo Dios lo puede todo.

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