Sine die

El puente

O la cosa no está tan mal como dicen o nos hemos vuelto locos y ya vendrán las consecuencias

No me refiero al puente sobre el Guadalquivir que seguramente harán para continuar la SE-40 a modo de chapuza barata y que estará terminado allá por el 2090, cuando ya esté obsoleto. Hacer el túnel previsto no es cuestión de tecnología, se ha atravesado el canal de la Mancha y se habla de hacer lo mismo por el estrecho de Gibraltar, sino de voluntad e inversión. Si se tratara del Bidasoa o el Llobregat llevaría años en funcionamiento, pero a Andalucía el dinero llega con cuentagotas y, en todo caso, mejor en forma de paguita agradecida que es lo que después se refleja en los votos. Al fin y al cabo, aquí no protesta nadie y los temas que más interesan están relacionados con procesiones extraordinarias, elecciones a juntas de hermandades y pregoneros varios o asuntos relacionados con los equipos de fútbol.

Tampoco me refiero al puente sobre la Bahía de Cádiz, ese que cortan los huelguistas en sus reivindicaciones laborales, ni siquiera al puente sobre el Río Kwai, la famosa película cuya música todos hemos silbado alguna vez en la vida. Se trata del puente que unos llaman de la Constitución y otros de la Inmaculada, según sus creencias, pero que gran mayoría de españoles aprovechan para salir de sus lugares de residencia y tomar conciencia de que el trabajo, como dice el texto sagrado, es un castigo divino. Muchos se irán a otra ciudad para cambiar de escenario y otros a casas rurales, eso sí con todas las comodidades, imaginando un mundo idílico entre corderos, gallinas y vaquitas como fondo decorativo que nada tiene que ver con la realidad de la vida en el campo.

Será la edad, pero cada vez cuesta más trabajo entender el mundo y comprender lo que sucede en él. Por un lado nos intoxican con noticias alarmantes de crisis económica, cifras elevadas de paro, inviabilidad del sistema de pensiones, destrucción del medio ambiente, futuro incierto del planeta. Por otro cien por cien de ocupación de plazas hoteleras, dificultad para reservar mesa en comidas de empresa y cenas de Navidad, lista de espera de más de un año para celebraciones de bodas y comuniones, juguetes y regalos agotados dos meses antes de la llegada de los Reyes Magos y centros comerciales a rebosar. Cuesta trabajo entender todo esto, alguien miente. O la cosa no está tan mal como dicen o nos hemos vuelto locos y ya vendrán las consecuencias. Sea como sea, a disfrutar del puente, Dios proveerá.

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