El regreso de Martin Guerre

20 de febrero 2026 - 03:07

Hay un niño muy pequeño dormido en un huequecito en la cabeza, y va despertando a medida que el tiempo se nos va. Mi abuela, en sus últimas y obnubiladas confusiones, cree que su madre está viva, y que su hija es su hermana, e imagino que en ese mundo vuelto del revés yo aún no existo, y soy un hombre barbudo y desconocido, o un fantasma que por algún secreto motivo sabe su nombre y cuyo rostro le recuerda al suyo.

En unas semanas voy a dar una charla en mi instituto, el IES Vicente Aleixandre, y mi niño dormido se remueve. Ya se sabe que uno sigue ocupando esos sitios, por muchos años y muchas cosas que nos pasen. En mi caso, sueño mucho con mi colegio, y menos con mi instituto, tal vez porque esta no fue una etapa fácil para mí o porque se recuerda mejor lo más distante. Si uno se pone frente a esa versión de uno mismo, llena de dudas y de miembros descompensados, no reconoce a quien ve, tal vez porque la vida ha atemperado sus pasiones, tal vez porque las ha recrudecido oscuramente. En ambos casos, es hoy más y menos humano que ayer.

Por eso afronto con algo de miedo el ponerme delante de tantos chavales. Yo estuve ahí, pero al imaginarme en el salón de actos me veo como un Martin Guerre, ese soldado francés al que dan por muerto y que regresa de la guerra para descubrir, como un Ulises sin futuro, que otro hombre se ha hecho pasar por él y ocupó su lugar junto a su esposa y su hijo. Esos hombres y mujeres que despiertan a la vida son como yo fui, pero no me reconozco en sus ojos, han cambiado los nombres de las calles, hablan otro idioma.

Madurar no es olvidar. Es más bien guardar entre algodones, y al recordar, traicionar lo vivido. Nuestro cerebro cambia, nuestra experiencia es otra, nos han roto el corazón o lo hemos roto, hemos renunciado a nuestros sueños y nos hemos fabricado otros con lo que nos vamos encontrando, nos ha ido bien en algunas cosas y no tan bien en otras, nos han brotado los hijos, los sobrinos, los nietos, se nos han muerto los nuestros. Todo esto hace que nos sea imposible ponernos en la misma piel que no hace tanto, o eso al menos nos parece, ocupamos con miedo y una torpe esperanza. Eso es quizás lo que más nos distancia de los que, como nosotros un día, son jóvenes: detrás de ellos está la nada, y dentro de ella estamos nosotros.

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