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Jerez, antier Miércoles de Ceniza. Todo vuelve a suceder. Como Dios quiere que suceda. Para que la verdad porticada del hombre se adecue a la Verdad sin alambrera del Señor. Por esta sublime razón de Quien Todo lo Puede fuimos tan inmensamente felices desde las claritas del día -al alba sería- hasta el pomo de la medianoche. Cada cual ajustándose al itinerario que le marcaba el muñidor de los sentimientos y la cruz de guía de las circunstancias personales. Para quien suscribe… el recorrido -de la primera jornada del gozo- trazó el metal evangelizador del triángulo escaleno que unió SanFrancisco, la iglesia de Fátima y la céntrica Escuela de SanJosé. Cuanto aconteció en la sede de la Hermandad de la Borriquita nos dejó los ojos vidriosos tanto a mi primogénito como, por imantación, a un servidor. Ni aún utilizando toda la fecundidad expresiva del alfabeto castellano puedo traducir, siquiera grosso modo, el agradecimiento más hondo por esta cascada de cariño oferente. ¡Cómo cuida la Estrella a quienes aún están por venir! Con esa sabrosura del comportamiento que, tal un almanaque de azúcar, endulza la grandeza de los sencillos de condición. Basta con fijarse en el rostro de la Virgen para entenderlo todo… porque enseguida lees, en las volutas del aire, aquella filacteria que sostiene el ángel de toda certeza: Ecce Maria venit. Y en este ‘he aquí que María vino’, comprendes cómo Dios también susurra a los niños sin necesidad de preámbulos.
El Miércoles de Ceniza anda sobrado de compás. Como una chicotá de costero a costero que no abjura de la fe de todo cuanto rime con incienso. Por ejemplo silencio. Ya el costal del amanecer la ciudad levanta. Y Jerez se busca en la gasa de lo inaprensible. En la vibración de escala 10 de estas vísperas que empiezan a terminar. Como en la contradicción vaporosa del tempus fugit. Como en el dedo índice del alma (ahora transportada a las manos de nuestros Sagrados Titulares que se ofrecen a los fieles a la misma altura de la medida -inconmensurable- del amor). Como en la dimensión doctrinal no de la materia sino del macerado carácter discursivo de la memoria. La guadaña no sesga el triunfo de la Cruz. Ni abre en agraz el fracaso del descreimiento. Mors mortem superavit. La muerte, por más que procurase en balde su reválida, jamás podrá mostrarse barroca. Brilla el mediodía del Miércoles de Ceniza, como en ese toque de cornetas que suena tan antiguo que sólo lo oyes si enciendes la radio de cretona de un tiempo no vivido.
El frío afilado pasa por las esquinas de febrero. Las calles de Jerez ya se enfundan el abrigo de los albores. Verso y no cantinela. Mismo calambre, distinta experiencia. Se encienden las ilusiones como pronto se encenderán las candelerías. Corroboro cuanto no ha mucho atisbé en la escritura de Paco Robles: “No es el contraluz. Es la contrasombra”. Luz de los prolegómenos de la Semana Santa frente a las tinieblas de quienes, esgrimiendo la descerebrada soberbia de la difamación, ni apelan al perdón ni eligen la reconversión. En principio fue el Verbo y todo deviene desde los ingrávidos confines de Judea. Si alguien acertara a leernos la palma de la mano derecha, únicamente visualizaría la palma del Domingo de Ramos en los balcones de la nostalgia y las palmas -cimbreantes- en los párvulos puños del cortejo de Cristo Rey. El Miércoles de Ceniza no se circunscribe a los parámetros espirituales de los convencidos. Ni al radio de acción de los justos. El Miércoles de Ceniza zarandea el marasmo de las dudas. La coyuntura de la turbación. A cuarenta días vista Dios saldrá a las calles no para vencer sino para convencer. Entre el penúltimo rescoldo de cera y la caligrafía de cualquier gerundio.
El Miércoles de Ceniza, como reza la letra de la seguiriya, también huele a canela y clavo. Hay dolores, de fonética lorquiana, que olvidan su procedencia… Pero el cristiano se sabe al dedillo, de antemano, el último capítulo de la historia más grande jamás contada. Nos lo refirió el querido sacerdote Francisco Varela Figueroa este pasado miércoles: “En cierta ocasión le preguntaron al recordado Carlos Amigo Vallejo el porqué los andaluces vivíamos con tanta felicidad la Semana Santa. Y Amigo le respondió que ‘porque ya conocemos el final de la historia’. Es decir: la Resurrección”. Por cierta: no cupo en Fátima instante más entrañable que el hijo del hermano Carmelo, en brazos de su padre, recibiendo en la frente pequeña de bebé guapo y despierto la señal del ‘conviértete y cree en el Evangelio’. El Miércoles de Ceniza, antier, en Jerez, no fue sino eso: niños de miradas abiertas que captan la esencia del ser, la metáfora del carpe diem, la entrada a la Jersusalén de toda una vida por delante…
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