CORRE la especie de que, una vez aprobados os Presupuestos Generales del Estado, Pedro Sánchez tomará con fuerza las riendas del Gobierno -que ahora maneja Pablo Iglesias- , hará cambios importantes en las políticas que ahora promueve, algunas de ellas deleznables para sus votantes, y pondrá a los de Podemos en su sitio, hasta el punto de que no sería descartable una ruptura de la coalición.

Corre la especie de que el presidente empieza a sentirse preocupado, más que por las críticas de algunos barones y destacados ex dirigentes del PSOE, por la unanimidad de los medios de comunicación que insisten en que Pablo Iglesias le está comiendo el terreno. Como corre la especie de que media docena de ministros, al fin, han decidido apostar por sus convicciones y por su dignidad personal, y no quieren seguir siendo palmeros en un Gobierno en el que se impone el criterio del vicepresidente segundo, y no el del presidente que les ha elegido para acompañarle en lo que Sánchez consideraba la gran aventura de cambiar España con medidas auténticamente progresistas.

Los rumores no siempre se cumplen, con frecuencia son filtraciones interesadas o tanteos para ver cómo respira la gente ante determinados proyectos aún sin concretar. Pero en estos momentos en los que nada parece ir bien y no hay día sin motivos para sentir espanto ante la deriva del Gobierno, el rumor de que la cosa va a cambiar una vez que se aprueben los Presupuestos es esperanzadora. Habrá que cruzar los dedos, a ver si se cumple el boca a boca y este país empieza a contar con un Gobierno que inspire confianza, que tome medidas pensadas para mejorar la vida de los españoles y no promovidas por un socio que ni piensa en España ni en defender sus leyes y su Constitución.

Los Presupuestos serán aprobados a finales de diciembre. Sánchez ha adelantado la fecha. ¿Será porque tiene prisa para que efectivamente cambien las tornas respecto a la influencia de Pablo Iglesias, como apunta el rumor?

Hacer caso a las especulaciones sólo provoca frustración, pero quizá hay algo de cierto en que el presidente de Gobierno empieza a ver las orejas al lobo y pretende tomar medidas. Su ego sigue siendo superlativo; el último ejemplo se ha visto cuando se ha autoproclamado miembro destacado del G-20, cuando no forma parte de ese club, España es observadora. Y ante un ego superlativo es posible que se cuestione el declive de su papel en Bruselas, que su imagen se encuentre bajo mínimos porque no sólo no resuelve problemas, sino que promueve nuevos, y que las medidas sociales progresistas se las apunta Iglesias, no él.

Esperaremos, a ver qué pasa.

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