Una colisión entre dos galaxias: eso es cualquier matrimonio. Dos familias, cada una de su padre y de su madre, tienen que fundirse o, más aún, hacer una fusión nuclear, y transmutarse en una sola y nueva. No queda más que descartar algunas costumbres de una casa y de otra. De mi casa me costó poco desprenderme del concepto de «salón».

A mi novia y luego y ahora mi mujer le costaba entender que en casa de mis padres hubiese un cuarto de estar de diario, de trote; y un salón mayor, cerrado, silencioso, claroscuro, casi sacro, en perfecto estado de revista Casa & Jardín. No tenía sentido reservar así los mejores muebles y los cuadros más bonitos. La familia debería vivirlo, argumentaba ella. Yo siempre le he dicho a todo que sí, pero, en este caso, además convencido. Al salón de casa de mis padres, con el poco uso, se le había metido el frío en los huesos y hasta Elena López de Meneses, gran amiga íntima de mi madre, a principios de octubre le decía: «Mira, Carmen, ya volveré a visitarte en mayo, cuando llegue el buen tiempo».

En consecuencia, en las casas sucesivas que hemos alquilado o tenido, nunca hubo un salón. En parte, claro, por los metros cuadrados; pero, mucho más, por nuestros principios. Pero mis principios han empezado a tambalearse.

Resulta que mi mujer tiende a ver nuestra casa muy desordenada y, con el confinamiento, más. Debemos de tener distintos umbrales de orden, porque yo la veo bien y, sobre todo, que podría estar peor. Pero ella, no. Y eso le quita la paz. «Si llama alguien a la puerta, ¿qué?», me pregunta. Aprovechando el subsiguiente silencio (porque es una pregunta retórica), he recordado el salón de mi madre y, veinte años después, he caído en la cuenta.

Qué bien le vendría a mi mujer tener un salón impecable donde enfriar (ejem) sus ansias platónicas de un orden impoluto que quizá sea incompatible con la vida cotidiana, y más cuando nuestro cuarto de estar es también biblioteca, estudio de los niños, sala de cine y cuarto de juegos. Sería un núcleo irradiador de sosiego que rebajaría la tensión de las secciones aliadas laterales.

Mi madre tenía razón, aunque no lo diré, porque ya no tiene remedio. Hasta ahora creía que yo había driblado, a base de novelarías, la frase hecha de que nuestra generación vivía peor que nuestros padres. De pronto, he visto que el salón que no tenemos nos daría un respiro (aunque no lo pisásemos. (O por eso)).

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