Navidad

Bruno Díaz Ríos

Doctor en Investigación Artística

La singularidad del belén napolitano

Belén napolitano en el Museo del Belén de Jerez. Belén napolitano en el Museo del Belén de Jerez.

Belén napolitano en el Museo del Belén de Jerez.

Para interpretar un belén no es necesario, por regla general, tener ningún tipo de formación, únicamente hay que dejarse llevar y disfrutar de lo que se nos presenta ante nuestros ojos. Eso sí, hay un caso especial donde la representación belenista se convierte en una auténtica obra de arte, para la que trabajaron los mejores artistas de la época y en el que la simbología subyacente la convierte una obra completa: el belén napolitano.

Es en siglo XVII y más concretamente en la ciudad de Nápoles, donde se produce un proceso de evolución que cambiará de manera espectacular el concepto tradicional del belenismo que hasta entonces se tenía, dejando de ser una instalación con fines devocionales para convertirse en el entretenimiento de la clase social alta napolitana, con un cierto aire profano, favorecidos por el coleccionismo desmesurado y el deseo de aparentar cierto estatus social.

A finales del siglo XVII se popularizaron las representaciones teatrales inspiradas en el nacimiento de Cristo que influirían en la creación del nuevo modelo belenista y cuya columna vertebral narrativa mezclaría los evangelios apócrifos con otras tradiciones populares del sur de Italia, a medio camino entre el cristiano y el paganismo.

Puede resultarnos al menos llamativa la integración de tan singulares y subversivos personajes en una representación con fines dogmáticos en su concepción y que desembocaría en una representación cómica con personajes jocosos y mascaradas donde la escena sagrada pasaría a un segundo plano de importancia, siendo la excusa perfecta para desarrollar un universo napolitano a escala inferior donde reflejar sus costumbres, su realidad y su pirámide social.

El componente prioritario del belén napolitano es sin duda la figura humana, denominada genéricamente con el término “pastori”. Los trabajos de las cabezas reflejan toda la variedad humana conocida, incluyendo taras y defectos físicos, como cicatrices o estrabismo, llegando a tal nivel de realismo que reflejan enfermedades como la viruela, el raquitismo o el bocio.

Llama la atención las escenas de Tarantella, muy frecuentes en la simulación urbana de los nacimientos napolitanos por su raíz popular. Compartiendo el mismo espacio escenográfico la figura de Ciccibacco hace un guiño al legado de los antiguos dioses paganos como dios Baco. A su vez, es distintiva la presencia de Mezzocarattere, o lo que es lo mismo, personajes de procedencia campesina recientemente enriquecidos, con su correspondiente crítica o mofa a aquel estamento social de “nuevos ricos”.

Otros personajes que podemos observar en el bullicio callejero son de carácter grotesco, retratados con una visión realista que reproduce con cinismo la sociedad napolitana de la época, con la única intención de divertir al espectador y en su mayoría asociados a la mala suerte.

En la tradición del belén napolitano los vendedores personifican los distintos meses del año, siguiendo un patrón establecido, según la recolección de sus productos; por ejemplo, agosto es personificado por el vendedor de sandías —venditore di cocomeri—. Esta asociación responde a un doble mensaje, por un lado expresa el tiempo transcurrido y por otro la esperanza de un nuevo ciclo anual abundante en alimentos.

La escena de “la caravana de Magos” se convierte en la excusa perfecta para realizar el mayor alarde de mímesis dentro de estas representaciones, convirtiéndose en un documento preciosista de las diferentes razas y poblaciones, además de clases sociales y etnias que se asentaban a lo largo del Mediterráneo en el 700´s.

Los personajes orientales aparecen con ricos ropajes, engalanados con joyas y preciosos adornos, en contraposición a la sociedad napolitana retratada; es la personificación de la miseria y la pobreza. En el belén napolitano Los Reyes Magos representan el viaje nocturno de la estrella que está relacionada con el nacimiento del nuevo “niño-sol.” En este sentido debe interpretarse la tradición cristiana según la cual se trasladaron desde el Este —que es el punto de partida del sol—, adquiriendo la simbología de la personificación del día. Los músicos de la banda ­—procedentes de la Anatolia turca­— y georgianos hacen referencia a personajes llegados de un lugar lejano.

Uno de los apartados más importantes en cuanto a la simbología en el belén napolitano es el de la escenografía. La historia de los decorados o “il plástico” es bastante incompleta debido al carácter efímero de sus construcciones. A través de los belenes conservados podemos decir que existen una serie de elementos indispensables en toda escenografía belenista napolitana que se precie.

Ésta presentaba, por lo general, una disposición longitudinal dividida en tres espacios siempre presentes: la ruina clásica central con la escena del nacimiento de Cristo —simbolizando la caída del mundo romano y del paganismo con la venida del Mesías—, un paisaje rocoso con establos insertados en él —que sirve como decorado a la escena de la anunciación del ángel a los pastores— y un núcleo urbano con entramado callejero bullicioso, destacando en él la posada y el mercado.

L´osteria o taberna es un lugar dramático con un significado complejo, relacionado con la vida material en contraposición a la espiritual. La presencia de la Iglesia, así como la del crucifijo en el belén napolitano, son ejemplos claros del carácter anacrónico de este tipo de representaciones artísticas del siglo XVIII. El río, la fuente o el pozo adquieren un matiz simbólico que va más allá de su presencia a nivel plástico.

En el Museo del Belén de nuestra ciudad podemos disfrutar de dos portentosos ejemplos de estas representaciones; una pincelada del mundo subversivo que ofrece este modelo napolitano y admirar la grandiosidad representativa de estas obras.

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