La sociedad civil y el apoyo a la Monarquía

Quizás muchos monárquicos caen en la trampa de creer que la Monarquía tiene un problema y no sólo el Rey emérito

SON innumerables las peticiones de audiencia para ir al Palacio de la Zarzuela, como lo son las entidades de muy diverso tipo que presumen con orgullo del título de real o lo tienen solicitado y pendiente de concesión. La Monarquía está tradicionalmente asociada al prestigio, la distinción y la ejemplaridad, aunque la Historia enseñe que de ninguno de los pecados que se atribuyen a la condición humana están exentos los reyes. Ninguno. El catedrático Pérez Royo enseña en su manual sobre Derecho Constitucional que la Monarquía es una institución anacrónica y, por supuesto, no sujeta a los criterios esenciales de la democracia, pero que los españoles aceptamos y adaptamos (Monarquía parlamentaria) en la Constitución de 1978. El propio Felipe VI apostó también por su actualización cuando se casó con una periodista y no con cualquiera de las princesas europeas entonces solteras. Fue una apuesta arriesgada que de momento no le ha salido mal. Ahora que don Felipe vive su particular 23-F se echan en falta todos los juancarlistas y todos esos empresarios que lograron grandes contratos por el mundo a costa del considerado mejor embajador de España: don Juan Carlos. ¿Y qué me dicen de tantísimas sociedades, clubes y entidades que proclaman la realeza en sus títulos? ¿Dónde están las cientos de hermandades de España que son reales, algunas hasta imperiales? ¿Dónde los clubes de tiro, de campo, sociedades deportivas en general, entidades en defensa del automovilista, corporaciones nobiliarias, etcétera? En tiempos de crisis es cuando se necesita el afecto público. ¿Acaso no son los días en que Felipe VI necesitaría testimonios de adhesión a la institución? Don Juan Carlos no es ya el jefe del Estado. Hace seis años que abdicó. Quien se la juega es su hijo. Quizás el padre debió abandonar el Palacio de la Zarzuela hace tiempo para poner tierra de por medio, como hizo Benedicto XVI cuando se marchó de las dependencias papales para no hacer sombra a Francisco, como hacen la mayoría de los obispos dimisionarios cuando llega el nuevo prelado. No se olvide que el Rey emérito se ha visto obligado a efectuar una doble salida: de su casa y de la nación. Su abuelo se fue por Cartagena, su padre sufrió el exilio de Estoril y dicen que él ha salido de España por el norte de Portugal. De momento las muestras de apoyo son escasas, tímidas, propias de una sociedad cobardona que tal vez está cayendo en la trampa de confundir el caso de la falsa princesa despechada y el policía corrupto encarcelado con el debate sobre la Monarquía. O puede que el silencio se deba a que España en agosto cierra por vacaciones. Será eso.

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