Desde la espadaña
Felipe Ortuno
Tiranicidio en Venezuela
'En homenaje a los miles de ciudadanos venezolanos que han sido asesinados o les han confiscado su propiedad privada por el régimen tiránico del chavismo bolivariano'
Los tiranos tienen muchas caras, y no ha habido época histórica que no haya tenido los suyos. La nuestra los tiene, unos descarados, otros, disimulados en los perfiles de las ilusorias leyes democráticas; pero todos similares. El pueblo venezolano ha sentido la garra déspota que le ha extenuado el alma: un pueblo rico, que ha quedado pobre; un pueblo libre, que ha quedado en la esclavitud. La conculcación sistemática de los derechos humanos ha dejado un rastro de víctimas incontables y un éxodo cercano a un tercio de la población. Ni Sodoma y Gomorra estuvo tan expuesta al fuego aniquilador como lo han estado los ciudadanos venezolanos en manos de estos salva patrias que han derivado en dictadura desvergonzada y en cártel de soles plomizos.
Veinticinco años de diseño político, veinticinco años de manipulación engañosa que no ha hecho sino empobrecer y dividir a una de las naciones más ricas de Hispanoamérica. Todo para nada, todo para enriquecimiento de los seguidores ideológicos y nada para quienes, en su derecho, se oponían a las atrocidades de las que hemos sido testigos: más de ocho millones de venezolanos expuestos al desamparo radical y la huida obligatoria.
Por supuesto, la oposición en clandestinidad forzosa, o amparada por las migajas democráticas de los países occidentales como España, que no se sabe muy bien si sube, si baja o si todo lo contrario ¡Ay Albares, ay Zapatero! ¿Dónde han quedado la Naciones Unidas y el Derecho Internacional al que ahora apela la izquierda marxista? ¿Antes no? ¿Ahora sí? ¿A qué juego se atiene la hipócrita progresía cuando alude al derecho internacional?
Después de haberse agotado todas las vías pacíficas de solución, el tirano ha de ser depuesto. Por las buenas (imposible) o por las malas ¡Ea, a la p. calle! Hecho está. Históricamente se justificaba la muerte de un gobernante opresor como acto necesario para defender el bien común, sobre todo si se han agotado todas la vías pacíficas y legales.
Juan de Mariana defendía esta postura desde los argumentos escolásticos de Salamanca. Daba un salto cualitativo mucho antes de que lo hiciera la pérfida revolución francesa. Sostenía el Padre Mariana (siglo XVII) que el poder reside en el pueblo, no en el gobernante, y que, si éste se tiranizaba, era legítimo el tiranicidio.
No quiero entrar en el dilema ético moderno sobre la dignidad humana, el derecho a la vida y tantas otras consideraciones con las que chocaría en la actualidad. Pero quede clara la deslegitimación del tirano. El pueblo tiene derecho a derrocarlo a causa del abuso continuado de poder al que ha sido sometido, lo diga Agamenón o su porquero. La justificación está clara; otra cosa serán los derivados que se desprendan de semejante acción: política externa, intención económica o pretexto cambiante de quien ejecuta la acción. Cierto, pero derivadas en todo caso.
Ahora de lo que se trata es de afirmar, contra toda otra consideración partidista, que el tirano, al convertirse en un criminal contra su pueblo, ha perdido su derecho (no a la defensa) y se convierte en objetivo legítimo para restaurar el orden y la justicia. No olvidemos que el pueblo agotó todas las vías pacíficas de protesta y rebelión ciudadana, incluso electoral, que el bien común se ha situado por encima de cualquier venganza personal, que la destitución (secuestro) ha sido el último recurso empleado, que la posibilidad de éxito de que se dé un paso adelante en la democratización del estado es un hecho posible y evaluable.
Ciertamente que desde la visión moral contemporánea se producen muchos interrogantes: derecho a la vida del tirano; que no sea un acto de venganza sino de justicia; que en la actualidad no se sabe muy bien qué es un tirano ante las políticas circundantes que pasan por ser ‘fuertes’; que la desestabilización del país puede causar más víctimas de las esperadas y dar al traste con la transición. Es complejo que una actuación relámpago de este tipo (ni la primera ni la última) haya dado la estabilidad deseada, pero sí la expectativa requerida por un pueblo que clama justicia y libertad.
No creo que Juan de Mariana desde sus planteamientos estuviera en contra de Trump. Cosa diferente sería el planteamiento moral al que tuviera que atenerse con una actuación de este tipo y de si la proporcionalidad de los medios no atenta contra el fin en sí mismo. Está claro que a lo largo de estos años el argumento se ha ido degenerando, que la posibilidad de diálogo se ha ido cerrando y las consecuencias las han pagado los inocentes. De tal suerte que topamos con el argumento ‘cornuto’ (imposible de solucionar), el dilema hay que resolverlo como se ha hecho: Maduro al trullo y, con la precaución debida, a seguir negociando la salida necesaria: control del ejército, estabilidad ejecutiva y legislativa, libertad de presos políticos, libertad de mercado, elecciones libres y mesurado intervencionismo de quien, como buen guardián, exige la paga necesaria.
No es fácil el camino de Venezuela en una geopolítica cada vez más complicada en la que los grandes monstruos del control se reparten el mundo a pedacitos: ‘quien no está conmigo, está contra mí’ (y no me refiero a Jesucristo). Lo malo es que detrás de un tirano viene otro. Quién sabe si el pueblo mismo en nombre de la acción comunitaria que lo justifique ¿Habría entonces que sustituir al pueblo como se ha hecho con Maduro? ¿Dónde están los límites del poder? Quien lo ostente, no pierda la perspectiva de ser abandonado por sus propios amigos ¿No le ha ocurrido a Nicolás con Delcy? En cualquier caso, hoy grito ¡Viva Venezuela! Mañana, Dios dirá…
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