Santiago Cordero
Cincuenta años son un suspiro
Siempre he sido miedosa. Cobarde más bien. Soy feliz desde que pude decidir no ir a la Calle del Infierno. Jamás me verán asomada a un precipicio ni haciendo el tonto en ninguna situación que suponga un riesgo. Nací sin arrojo. No tengo más audacia que la de anticiparme a cualquier amenaza para esquivarla. Yo ahí no me monto, es lo que me digo cada vez que la vida me pone una de sus imponentes norias por delante. No encuentro divertimento alguno en los abismos. Cuando alguien expone su vida con conciencia y sin necesidad, siento lo mismo que cuando veo batir un récord absurdo (casi todos lo son), una mezcla de conmiseración y perplejidad. Para qué tanto esfuerzo inútil. Sí, sí, ya sé, conmigo el mundo avanzaría poco.
No es tan extraño lo que me sucede. La valentía y la cobardía comparten su origen, el miedo. El héroe se enfrenta y el cobarde huye. A mí lo que me gusta es mirar. Aristóteles definió la valentía como el término medio entre la temeridad y la cobardía. Y Platón nos enseñó que no consiste tan sólo en enfrentar el peligro sino en hacerlo con conocimiento del bien. Así, la valentía ciega, despojada de razón, se asemeja más a la temeridad que al heroísmo. Quizás la valentía, la verdadera valentía, consista en reconocer nuestra fragilidad y desde ahí actuar en cada momento.
Nos han enseñado a entusiasmarnos con la valentía, a aclamar a los héroes. Pero no sé si es siempre razonable la valentía. Exigible, desde luego que no. Son muchos los llamados héroes que se enfrentan al peligro desafiando la prudencia motivados más por un puro impulso íntimo que por un cálculo racional. A los hombres tradicionalmente los obligaron a ser valientes, los mandaron a cazar mientras las mujeres conservábamos el fuego y la paz.
Imbuida del espíritu de Stefan Zweig y sus memorias “El mundo de ayer”, y en su sucesor Mauricio Wiesenthal y su “Esnobismo de las golondrinas”, defensores ambos de la paz y la cultura europea, veo peligrar el mundo. Estamos en manos de gobernantes temerarios cuya única valentía es obrar sin conciencia. Tengo miedo no sólo porque nací sin arrojo sino porque estamos siendo de nuevo arrasados por fanatismos como en el siglo XX. Por gente que se mueve por codicia y necesidad. Qué poco hemos aprendido del réquiem europeo. Del crepúsculo de su cultura, de sus rescoldos. Qué angustia estar divididos. La Unión Europea no hace la fuerza. No sabe evitar su naufragio.
También te puede interesar
Santiago Cordero
Cincuenta años son un suspiro
Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez: una reflexión, en alta voz, de José Carlos Fernández
Tierra de nadie
Alberto Nuñez Seoane
Lucha
La ciudad y los días
Carlos Colón
Sánchez representa la civilización
Lo último