Tierra de nadie
Alberto Nuñez Seoane
¿Verdad o victoria?
EMPLEAMOS mucho tiempo, seguro que demasiado dado del poco del que disponemos, en discutir, que no dialogar, con las personas con las que vivimos, nos cruzamos o nos relacionamos por cualquier asunto: personal, sentimental, familiar o profesional.
La cuestión es que, como decimos, lo que acostumbramos a hacer es mantener contiendas verbales, más o menos acaloradas -eso es discutir-, en lugar de intercambiar opiniones o ideas, escuchar a quien nos habla y tratar de entender, no es necesario compartir, su postura -eso sería dialogar-. Es por esto que, en lugar de aprovecharlo, lo que hacemos es perderlo: el tiempo.
Si nos detenemos a pensarlo con tranquilidad e intentamos ser objetivos, nos daremos cuenta de que cuando nos relacionamos con nuestros semejantes, lo que pretendemos las más de las veces es llevar la razón. No buscamos un cambio enriquecedor de conocimientos, no vamos tras la búsqueda honesta de la verdad, no perseguimos salir del posible error en el que nos hallemos… ¡no! Queremos imponer, de algún modo, nuestras convicciones, lograr que el interlocutor se avenga a lo que le presentamos como cierto, obtener su acuerdo con lo que pensamos. Pero esto no es otra cosa más que el eterno monólogo que, desde que somos capaces de hacerlo y hasta que dejamos de serlo, mantenemos con nosotros mimos, sólo cambiamos nuestro otro «yo» por el «yo» del otro, nada más que eso.
Estamos, como no podía ser de otra manera, ante una muestra más de la inconmensurable estupidez que adorna nuestra condición de humanos: preferimos creernos en posesión de una verdad, de la que no estamos seguros que sea la verdad, en lugar de atender, escuchar, rectificar y regalarnos la posibilidad de acercarnos, aunque fuera sólo un poco, a la verdad que hasta entonces ignorábamos. Para que esta situación no fuera como habitualmente es, para que su factibilidad fuese mínima, tendríamos que estar dispuestos a reconocer nuestra ignorancia, ser conscientes de las inevitables limitaciones que nos restringen, asumir la inmensidad de todo lo que nos resta por conocer… en una palabra, bueno en dos: ser humildes.
Como no lo somos -humildes-, como nos puede la pretensión de abarcar más de lo que podemos, el ansia por ser más que quien tenemos enfrente… o incluso al lado, el empeño por llevar más razón que cualquiera que nos la discuta, la enfermiza obsesión -más o menos pronunciada- de ser protagonistas también donde no corresponde, como -decíamos- las cosas suelen ser así y no de otra manera, las consecuencias serán las que ineluctablemente llegarán, y éstas -las consecuencias- no las podremos negar ni tampoco evitar.
El espectáculo, si no fuese por lo penoso y desalentador, sería divertido. Deténganse, por favor, y observen. Paren, por un momento, en sus inquietudes, desocupen la mente de planes o preocupaciones y contemplen la lamentable función de sus congéneres envueltos en cualquier discusión, por frívola que esta sea: no buscan el conocer, sólo quieren vencer.
En muchas ocasiones me pregunto cómo habremos sido capaces de llegar hasta donde estamos, teniendo en cuenta la estrepitosa torpeza, la impresionante cerrazón, la trágica ineptitud y la tremenda mediocridad instalada en las masas que forman la sociedad en la que sobrevivimos, lo cierto es que no lo sé. Me sorprende que hayamos podido dar los pasos que hemos dado para salir de las cavernas y abandonar el canibalismo… a pesar de que continuemos devorándonos unos a otros.
Los que todavía pensamos, leemos, nos preocupamos y queremos seguir aprendiendo, somos conscientes de lo inabarcable del conocimiento que nos queda por aprehender. Modestamente procuramos si no conocer la verdad, ¡ojalá!, al menos saber que no estamos instalados en la mentira, y si hay un camino para no perder la esperanza no es el de querer tener siempre razón y también la razón.
¿Y usted, amable lector, qué quiere: la verdad o la victoria, conocer o vencer?
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