Tribuna

José Antonio González Alcantud

Catedrático de Antropología

Iberismo metodológico

La reciente cumbre de Trujillo ha vuelto a escenificar la necesidad de un entendimiento profundo entre España y Portugal, y sus constitutivas regiones anacionalizadas

ESTA expresión, “iberismo metodológico”, no es invención mía sino del joven Pablo González Velasco, nuevo doctor por Salamanca, cuyo tribunal tuve la fortuna de presidir hace escasos días. La traigo aquí a colación porque me parece un logro, que Pablo ha inferido de la obra del célebre antropólogo brasileño, e iberista de pro, Gilberto Freyre (1900-1987). Con ello va más allá del iberismo político-cultural del siglo XIX, que mantenía una tenaz dimensión utópica, que atravesaba desde los monárquicos hasta los anarquistas, pasando por republicanos y liberales, consistente en sostener a machamartillo una imperativa unión peninsular. Se trataría más bien de arracimarse en torno a una metodología común, íntima, como vislumbraba Américo Castro, para actuar al unísono, como corresponde a países vecinos y fraternos, sin forzar el discurso unitario, en evitación de la resurgencia de nuevos nacionalismos expansivos o defensivos. Desde luego, la salida de Gran Bretaña de la UE ha facilitado esta tarea, ya que esta nación consideró que la península era sólo el escenario para su particular the peninsular war en tensión con el imperialismo francés. Álvarez Junco hace años con su Mater Dolorosa, sobre el nacionalismo español del siglo XIX, nos quitó la venda de los ojos, sobre esas quiméricas “guerras de la independencia” que nutrieron nuestro imaginario; en el fondo, venía a decir, nuestros tatarabuelos fueron en parte marionetas de potencias en liza como Inglaterra.En fin, la reciente cumbre gubernamental de Trujillo ha vuelto a escenificar la necesidad de un entendimiento profundo entre España y Portugal, y sus constitutivas regiones anacionalizadas. Más aún cuando la UE vive una crisis por el Este sin precedentes –la calidad democrática de Polonia y Hungría–, con unos aliados cada vez menos fiables por el Oeste –Estados Unidos, en pugna con China–, y con una amenaza procedente del Sur –el desbocado imperialismo marroquí–. Todo este asunto geoestratégico se echa en falta en la agenda de nuestros políticos del momento. Es hora de corregir, quizás sosteniendo la alianza ibérica, que defendió realistamente el ideólogo António Sardinha en los años veinte, para combatir el inoperante iberismo utópico. Dicho queda.

Ahora bien, yo quería hablar de un tema “metodológico” de relativa moda: la raya hispano-portuguesa. El propio apelativo raya indica la irrelevancia y artificialidad de esa frontera. En estos días, transitando por el lado luso de la raya me detuve en Almeida, una fortaleza en forma de estrella con múltiples construcciones militares, que subraya hasta qué punto los portugueses temían en el siglo XVII una invasión española. Y no andaban descaminados: en la llamada Guerra de las Naranjas (1801) nuestros combativos ancestros les arrebataron la bella Olivenza, que aún permanece en manos españolas.

A través de páramos y espacios inmensos débilmente poblados me dirigí a Belmonte, de Portugal, un enclave de gran interés, que de alguna manera se asemeja a la cacereña Hervás por sus juderías. Con la diferencia notable de que esta última está vacía de hebreos, mientras que los judíos belmonteños habían mantenido contra toda lógica sus creencias. Sería un judío polaco, Samuel Schwarz, enviado como ingeniero a la zona, quien se apercibiese en los primeros años del siglo XX de la existencia de cripto-judíos allí: un buen día un lugareño le soltó que no comprase en una tienda porque el propietario era hebreo, y puesto a indagar comprobó que algunas familias de aquel aislado pueblo aún practicaban ritos judaicos. Hoy el lugar posee una moderna sinagoga y un museo sobre el particular.

Más hacia el sur, en un espacio natural aún más agreste, sobre una enorme mole de piedra, se alza Marvão, un pintoresco pueblo igualmente fortificado hasta los dientes, sobre el Alentejo. Lo refundó un jefe musulmán, Ibn Marwan, y para rememorar esa época legendaria se celebra últimamente una fiesta teatralizada que recuerda la época andalusí. La lejanía de todo lugar le confirió autonomía propia en la época portuguesa. Bajo la fortaleza a pocos kilómetros, todavía a su vista, hago alto en la casa de un viejo amigo, Antonio Pérez, una de las personas que más sabe de América en nuestro país –fue responsable de estos asuntos en los fastos del 92–, y que vivió largo tiempo en el Amazonas. Quedo maravillado de la raya, una vez más, y de las intimidades que alberga.

Todo lo anterior, tiene que ver exclusivamente con la complementariedad que tenemos con Portugal. Se trata, como vio proféticamente Oliveira Martins, el primero en hacer un libro omnicomprensivo sobre la “civilización ibérica” en 1879, tras una estancia fructífera en Córdoba, de abordar la ibericidad, pero ahora “metodológicamente”, con el fin declarado de crear discurso propio en un mundo globalizado donde Iberia ocupa un lugar subalterno, y puede acabar incluso siendo el chivo expiatorio de los nuevos imperialismos en ciernes.

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