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La Virgen Niña del colegio Montaigne presidió en la Catedral la Solemnidad de la Purísima

La Virgen Niña del colegio Montaigne presidió en la procesión de vuelta.

La Virgen Niña del colegio Montaigne presidió en la procesión de vuelta. / Manuel Aranda (Jerez)

Entre el arrullo de los villancicos que todavía sobrevolaban de la noche anterior, la Catedral se levantaba soleada y con un cierto tono de cielo color azul purísima. Era el día de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. La celebración de ese dogma al que el pueblo se adelantó en varios siglos a la propia Iglesia para promulgarlo.

La sede episcopal recibía a un buen número de fieles fundamentalmente relacionados con el colegio Montaigne (vulgo la Compañía de María). A las once de la mañana, se iniciaba la procesión de entrada con acólitos, seminaristas, curia diocesana, diáconos permanentes, sacerdotes, dean y mayordomo de la Catedral. Todo bajo la presidencia de monseñor José Rico Pavés, obispo de la Diócesis de Asidonia-Jerez. Una liturgia que estuvo acompañada por las voces angelicales de los más pequeños y la presidencia de la Virgen Niña, que preside la iglesia del citado centro docente en un altar ubicado en la zona de la nave del Evangelio.

Rico Pavés, en su homilía, dedicada prácticamente a María, bajo el lema que le ha dado esta misión episcopal en Jerez, ‘Todo con María, nada sin Ella’, ofreció una homilía muy propia centrada en la inocencia de la Santísima Virgen. La inocencia que hizo que María se turbara al oír al arcángel Gabriel. “María aceptó, por pura inocencia y generosidad, la llamada de Dios”.

Pero también la homilía del obispo tuvo una llamada de atención orientada a la “conversión de la familia que formamos esta Diócesis”. Y añadió: “Ojalá todos nos abramos al Reino de los Cielos haciéndonos pequeños. Saber mirarnos a los ojos del Señor y avanzar en el camino de la vida sin dañar esa inocencia con la que Dios nos ha dotado”. Una predicación muy interesante, sin papeles por delante, donde desarrolló las ideas preconcebidas para esta gran Solemnidad de la Purísima”.

Procesión

Tras la pontifical, llegó la hora de la procesión. El numeroso cortejo serpenteaba por el reducto de la Catedral buscando la calle Cruces. Todos alumnos del colegio Montaigne con sus uniformes y la alegría en sus rostros. Era como una cantera de futuros cristianos que iban a hacer presente a María, en su condición de niña, por las calles de la ciudad. Tras la comitiva, el paso con la imagen de la Santísima Virgen acompañada por los sones de una banda muy taurina que borda los pasodobles en la plaza de El Puerto de Santa María: la del Maestro Dueñas. Fuerza en los metales y brío en el ritmo.

Así fue avanzando la procesión hasta rincones y plazas por donde todavía resonaban los villancicos de la noche anterior. Las zambombas se habían tomado un descanso para arrancar, de nuevo, en una jornada de Navidad en la ciudad que ya se presume en estar a la altura del Rockefeller Center de Nueva York a tenor de los miles de visitantes que la visitan. La Virgen Niña pasó bendiciendo a todos: lugareños y foráneos. Y para muchos, la bendición de la Santísima Virgen durará hasta el año que viene.

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