Incendiarios

No conozco a nadie culto que no ame a la naturaleza, que no la admire

Ya empezamos. Llega el verano y nos tenemos que hacer a la idea de que, día sí y día también los informativos abrirán las noticias con un incendio forestal de grandes dimensiones con todos los visos de ser intencionado. Es el terrorismo del verano que todo el mundo asume con normalidad. Nos limitamos a rogar a todos los santos que no nos toque cerca. No hay la misma indignación ciudadana que con otros tipos de delitos con los que todo el mundo se enfurece y clama con razón justicia. Nos encogemos de hombros mientras los telediarios nos informan de que el fuego está siendo controlado y vemos los hidroaviones descargando agua en el terreno ya calcinado.

Pero amar y respetar la naturaleza es respetarnos a nosotros mismos, es tomar conciencia de los que somos, es preservarnos como especie inteligente, es asumir nuestra pequeñez, es creer en Dios. No conozco a nadie culto que no ame a la naturaleza, que no la admire. No conozco a nadie sensible que no calle ante el canto de un pájaro.

Galicia arde verano tras verano, Asturias, Extremadura, Andalucía; no hay región que se salve del fuego canalla. Y digo canalla porque en una proporción altísima, por no decir casi todos, los incendios son intencionados. Por doquier arden los bosques sin que sepamos después qué ha pasado con los autores del crimen, si han sido detenidos, enjuiciados y condenados o les ha salido gratis. Como mucho nos enseñan campañas de reforestación para un paisaje devastado que tardará muchísimos años en volver a mostrar la misma belleza si es que lo logra.

Todo el mundo se pregunta por qué la justicia es tan poco eficaz para mitigar algunos delitos. Yo también me hago esa misma pregunta con respecto a los incontables incendios forestales que van a dejar España desertizada e inhabitable. Y eso que sé la justicia no suele resolver nada y a veces hasta complica la situación.

Detrás de los incendios unas veces se atisba la sospecha de la búsqueda de recalificación de terrenos u otros intereses especulativos, otras los jornales de la reforestación; otras simplemente un loco pirómano. La península ibérica terminará por parecer una piel calcinada y estéril por nuestra indolencia. A mí me destruye como pocas cosas y no sé hacer nada que acabe con semejante devastación.

España arde un verano más. El fuego es mucho más peligroso que el disparate del independentismo y su cohetería política. Hagamos algo de una vez.

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