JEREZANOS BIZARROS DE AYER Y SIEMPRE

José Montenegro y Capell

¡Y es auténtico. Mi padre decía que ya lo conoció en casa de mi bisabuela!

No sé cuantas veces habré oído una frase similar a ésta pronunciada por el dueño de un cuadro (presuntamente) realizado por Montenegro. Sin que nadie les pregunte jurarán y perjurarán que es un legado familiar, descolgarán el cuadro para que veamos que está pintado sobre una tabla sacada de una antigua caja de vino, se rasgarán las vestiduras gritando que lo compraron en Sotheby's (y no en un baratillo como nosotros sospechamos) e incluso se revolcarán por el suelo antes que admitir que su Montenegro es falso. Porque la triste realidad es que este pintor es como el Cid, quien (como es público y notorio) ganó su última batalla después de muerto.

José Montenegro y Capell nació en Cádiz en 1853, siendo un misterio su formación, los contactos mantenidos con otros artistas o el año exacto en que llegó a Jerez. Su vida está rodeada de un halo de leyenda, propio de artistas míticos como Rafael o los mismísimos Apeles, Zeuxis y Parrasio. De hecho, el pueblo ha inventado mil historias en torno a Montenegro a quien considera un nuevo Velázquez, sin que deje de ser un representante bastante discreto de la escuela sevillana de finales del siglo XIX, ya de por sí de escaso interés en la Historia del Arte. Si nos guiamos por su pintura (falsa o verdadera) no deja de ser un paisajista correcto sin especial atrevimiento, con cierta influencia de la llamada Escuela de Roma (representada por Gallegos Arnosa, Sánchez Barbudo y Álvarez de Algeciras) pero con mucho menos talento, resultando lo más valioso la iconografía que la manera de representar los diferentes enclaves del entramado urbano y de los campos que rodean Jerez. Pues bueno, siendo un pintor que en todo caso se podría calificar como regionalista, no se asusten si leen por ahí que fue impresionista (¿…?), expresionista (¡…!), romántico (¡ayomaaa!) o lo que se le ocurra al primer botarate de turno.

En un principio nuestro pintor llegó a Jerez atraído por las posibilidades de trabajo que se le abrían en un lugar próspero y lleno de burgueses enriquecidos con el comercio vinatero dispuestos a gastarse los cuartos en pintura con la que decorar los salones de sus palacios.

Quizás fuera el mollate, tal vez las malas compañías o el aire jerezano, pero el caso es que Montenegro acabó por convertirse en un boliza, siendo ya un auténtico exponente de la bizarría local a comienzos del siglo XX. Eternamente borracho y vestido de negro andaba sin rumbo buscando algo de dinero con el que comprar bebida y un cartucho de pescado frito. Para ello, vendía cuadros realizados en un momento sobre cualquier tabla de ínfima calidad que encontraba en la cualquier sitio. Dormía muchas noches en la calle, los niños se chufleaban de él, los perros le ladraban y los que podían abusaban de su lamentable estado, comprándole por dos perras sus pinturas instantáneas. Esta época destroyer duró hasta que el hígado del maestro se plantó y dejó de funcionar, algo que sucedió en el Hospital de Santa Isabel el 14 de marzo de 1929. En un diario local al día siguiente un periodista con vocación de poeta escribió ha muerto sin que nadie, salvo una benemérita Hija de San Vicente de Paúl haya recogido su último suspiro, un artista notable, prototipo de la bohemia, cuya firma pasará a la posteridad…

¡Qué razón tenía! Su pintura, bastante corriente, ha obtenido el favor de los jerezanos, esos que se reían de él cuando lo veían pasear algo tocomotion después de hartarse de pirriaque. Hoy es un maestro, qué digo maestro, un genio de las artes. Ríanse ustedes de Picasso, Leonardo o Van Gogh. El público local (cuyos conocimientos en la materia se demuestran con actitudes de este tipo) es capaz de matar por poseer una tabla del Príncipe de los Bolizas. No importa que esté mal hecha, que huela a pintura fresca, que no valga dos gordas, que parezca que la ha pintado un orangután ni que haya que acudir al chamarilero más inmundo para comprarla. Lo principal es que en una esquina del cuadro esté, muy grande, escrita la firma por la que todos suspiran.

Tal vez por eso desde entonces hasta hoy, y como por arte de encantamiento, José Montenegro sigue saturando el mercado con sus cuadros y llenando paredes en los hogares jerezanos. Algunos piensan que su fantasma coge de noche los pinceles y se dedica a realizar escenas costumbristas de casas de vecinos, viñas y veredas. Otros que de sus manos salieron más de dos millones de obras y los más sensatos que hay mucha gente que se dedica a pintar en su nombre. Por que, ¿quién no tiene un Montenegro en su casa? Ah, pero ¿ustedes también tienen uno? Y, no me digan, ¿a que ya estaba en casa de su bisabuela…?

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