Hay palabras que se muestran incapaces de contener todo lo que se quiere decir o, dicho de otra forma, hay conceptos que son difíciles de ser expresados por una sola palabra. Como diría Cernuda al hablar de ese momento en el que somos alcanzados por el tiempo, no sé si explico bien o no esto. Creo que sí, no por mi capacidad, sino por la inteligencia del lector. Conceptos como educación, cultura, amor o bondad, necesitarían de una frase al menos para tomar conciencia de lo que quieren expresar.

¿Qué es la cultura? ¿A qué llamamos educación? Podríamos llenar todas las páginas de este periódico y todavía no habría acuerdo. De la cultura y de la educación todo el mundo habla como un bien en sí mismo, aunque no tenga por qué ser siempre así. Hay individuos aparentemente cultos y educados que son impresentables como personas. Los hay que leen mucho, que son eruditos en diversos temas, pero sus conductas y sus pensamientos están en el ámbito de la maldad. No obstante, la educación y la cultura gozan de buen cartel y forman parte de todos los programas políticos como uno de los objetivos prioritarios.

Llegados a cierta edad se da uno cuenta de que lo que les interesa a los que mandan no es la cultura ni la educación, sino su control. Un pueblo culto es poco manejable y un hombre que piense y tenga un criterio propio es incómodo al poder. No se explica de otra forma el hecho de que no se consiga un pacto por la educación. No interesa. Unos y otros lo que persiguen no es educar, sino adoctrinar. Su objetivo no es rodearse de los mejores, sino refugiarse en los mediocres. Los verdaderamente inteligentes no encuentran acomodo fácil en ciertas esferas. Se aburren y se van con excesiva frecuencia de la cosa pública. De aquel lema del mayo del 68 de la imaginación al poder hemos pasado al imperio de la mediocridad. Si la aristocracia en el mundo clásico era el gobierno de los mejores, la actual democracia se ha convertido en una oclocracia, el de la muchedumbre, de la plebe.

Ante la idea de restaurar una especie de Nueva Formación del Espíritu Nacional en sustitución de las asignaturas de Religión o Educación para la Ciudadanía, tal vez sería mejor volver a instaurar las reglas de urbanidad que venían en la Enciclopedia Álvarez o el Manual del Caballero Cristiano de Erasmo de Rotterdam. La convivencia sería un tanto cursi, pero seguro que más agradable.

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