En estos días de Semana Santa, me pregunto si alguien ha conseguido retratar de forma creíble en algún sitio -una película, una novela, un poema- la idea última que guía todo el mito cristiano de la Pasión de Cristo, esa idea misteriosa de la resurrección. Y entonces me acuerdo de La palabra (1955), la película del danés Dreyer, que quizá sea la mejor película que se ha hecho. Antes de verla, leí que era una película de temática religiosa y llegué a temer que fuese un tostón. Por suerte, La palabra es cualquier cosa menos un tostón. Es austera y desnuda, eso sí. Y está filmada en un blanco y negro que recrea muy bien los interiores de la pintura clásica holandesa, y también la pintura de un pintor danés del siglo XIX -Vilhelm Hammershøi- que fascinaba a Dreyer. Pero la película va mucho más allá de una reflexión sobre la fe (y eso que trata de la fe, y de la locura, y del amor, pero también del amor carnal, un amor mucho más sensual que el que se ve en cualquier película de ahora).

Lo mejor de la película ocurre al final, cuando se cuenta un milagro de una forma que no resulta ni grandilocuente ni sensiblera. No hay música de fondo, no hay movimientos absurdos de cámara. Todo sucede de la forma más normal. Y es lógico que sea así, porque Dreyer sabía que los milagros son muy extraños porque ocurren de la forma más natural del mundo, lo que hace que a veces nadie repare en ellos. Y ahí está el loco que se cree Jesús, anunciando ante su apesadumbrada familia que va resucitar a su cuñada muerta que yace en el ataúd. Nadie le cree. Y el loco lo intenta una vez, y fracasa. Pero entonces su sobrina se le acerca y le coge la mano, y sólo porque una niña confía en él, sólo por ese gesto de confianza, el loco cree otra vez en sus propios poderes. Y en ese momento, sí, la mujer se levanta muy despacio del ataúd.

Una paparrucha, dirán algunos, y puede parecerlo si uno piensa las cosas de forma superficial. Pero ese final también es una maravillosa reflexión sobre la fe y la confianza en uno mismo. El milagro es posible porque la niña cree en el loco y le coge la mano. Y en ese momento -sólo porque la niña cree en él- el loco también empieza a creer en sí mismo, y entonces consigue resucitar a la mujer que yace en el ataúd. Y sí, todo puede parecer una fábula estúpida o una tomadura de pelo para engatusar a los ingenuos. Pero a mí me gustaría pensar que es real.

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