La crítica

Ejercicio de 're-evolución'

  • El sevillano Javier Barón triunfó anoche en Villamarta con su nuevo montaje

Si a decir de Gielgud el arte del teatro (en este caso, del baile flamenco) consiste en lograr que el público deje de toser, Javier Barón es un artista de los pies a la cabeza y su último trabajo, Vaivenes, un entretenido y bien premeditado ejercicio de re-evolucionaria danza. Un espectáculo que hunde sus raíces en el pasado, en las tradiciones, para saltar directamente al devenir del baile en toda su plenitud y concepto siguiendo la máxima lampedussiana de cambiar todo para no cambiar nada. Este hombre, Premio Nacional de Danza en 2008, es un tipo menudo, bastante tímido, pero que se transforma enorme y grandilocuente sobre las tablas hasta erigirse en una referencia fundamental en el baile y la danza flamenca de hoy.

Anoche presentó en el Festival de Jerez un arduo y concienzudo trabajo de investigación y planificación donde reescribe con caligrafía contemporánea —mantiene el pulso de su anterior obra Dos voces para un baile—, la historia flamenca de su tierra natal, Alcalá de Guadaíra, para transitar desde ese legado por nuevos y revolucionarios caminos que propicien la evolución de su baile, de la danza. Y lo logra. El trabajo funciona como un reloj suizo. No vi el estreno en la pasada Bienal, por lo que tampoco sé exactamente qué ha pulido para la ocasión, aunque lo intuyo al ver las dificultades que entraña el montaje. Sólo puedo decir que la brillantez de la propuesta es innegable y el ejercicio, pese a la referida complejidad de la puesta en escena —movimientos constantes de un grupo de 12+1 artistas, músicos y bailaores, a lo largo y ancho del escenario—, funciona de lujo.

Sujeto por una soleá de Alcalá fragmentada en cuatro partes —la última es el zapateado por bulerías— que coinciden con otras tantas proyecciones del camino de girasoles que va de Alcalá a Morón, el espectáculo está concebido como una sucesión de números musicales y coreográficos que recogen tanto el alma del bailaor como el de su pueblo. Una estructura circular que abre y cierra en fiesta por bulerías. Una primera en Alcalá y la última en Morón. En una y otra, el poeta David Palomar declama los tesoros jondos de ambas tierras bañadas por el río Guadaíra: Joaquín el de la Paula,  Manolito de María, La Roezna, Silverio, Diego del Gastor, Joselero...

A partir de un concepto escénico bastante logrado y bien trabajado, Barón pone su danza al servicio de un nutrido elenco de pequeñas grandes estrellas, apartándose en muchos momentos del foco para no acaparar el protagonismo y demostrando que aún quedan algunos que viven para bailar y no al revés. Artistas que ponen su nombre en los carteles y que levantan producciones que sirven como vehículo para el lucimiento de otros. Qué raro es ver en estos tiempos tanta generosidad y amor al arte. Y curiosamente en Jerez, en su festival, llevamos dos días seguidos asistiendo a representaciones donde sus artistas principales son seres tan especiales como Kojima o el propio Barón, capaces de sujetar su ego y dar rienda suelta al brillo de otros intérpretes de élite.

He visto bailar muchas veces al gigante de Alcalá, siempre con esa latente fuerza interior que explicita con movimientos gráciles y enérgicos, haciendo del baile flamenco ‘baronil’ un deleite, pero hay en Vaivenes un momento que se queda grabado en la retina: una irrepetible farruca compuesta en exclusiva por el sutil violín de Lefèvre y el vigoroso tres cubano de Raúl Rodríguez, músico al que admiro desde que se destapase con Son de la Frontera. Giros, piruetas, saltos, destaques, carrerillas... Un repertorio técnico prácticamente ilimitado para un bailaor elegante y etéreo que en este número concentra toda su esencia dancística. Sus acompañantes masculinos, Pérez y El Choro, también se lucen con el maestro en el cierre por seguiriyas bastones en mano. Garra trepidante y un caudal bailaor inagotable. Los contratiempos los ponen las guitarras de excelencia de Rodríguez y  Patino, mientras Valencia ensancha sus pulmones en una saeta casi al final que queda clavada tras quejarse enorme en los fragmentos de soleá alcalareña que se reparten en la propuesta.

Los músicos bailan y los bailaores tocan y cantan. Todo dialoga entre sí y el nexo es Carmelilla Montoya, la más polifacética del elenco y una intérprete brutal (genial en las cantiñas del Pinini). Todo el elenco forma una célula que se mueve sola o en grupo, pero siempre con precisión y sin desviarse del concepto escénico coral que quiere mostrar la obra. Una guajira más de ida y vuelta que nunca gracias al tres cubano y un número bolero de Morales y Pérez sincretiza el tiempo de panaderos con la murga carnavalesca. Unos tanguillos guiados por Palomar donde la compañía baila y canta caracterizada como panaderos de Alcalá. Es otra de las sorpresas de estos poliédricos y revolucionarios Vaivenes que tan bien sientan al cuerpo.

 

Baile ‘vaivenes’ Compañía Javier Barón.

Baile: Javier Barón, Carmelilla Montoya, Ana Morales, David Pérez, Antonio Molina ‘El Choro’. Cante: José Valencia, Pepe de Pura y David Palomar. Guitarra: Rafael Rodríguez, Javier Patino. Tres cubano: Raúl Rodríguez. Violín: Alexis Lefèvre. Percusión: José Carrasco. Coreografía: Javier Barón. Adaptación musical: Raúl Rodríguez, Alexis Lefèvre, Javier Patino, Rafael Rodríguez, José Valencia. Diseño de iluminación: Juan Luis Martín. Diseño de sonido: Alfonso Espadero. Vestuario: Viviana Iorio, José Tarriño, David Alfaro. Creación audiovisual: Fernando González-Caballos. Monitores: Laureano Serrano. Realización escenografía: Ras Artesanas de Cádiz. Producción: Carlos Sánchez, Sara Dezza. Producción ejecutiva: Dezza Producciones. Dirección musical: Faustino Núñez. Dirección escénica: Belén Candil. Dirección artística: Javier Barón. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 28 de febrero. Hora: 21,00 horas. Aforo: Lleno.               

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