El jerez de las nobles letras

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De libros y escritores

El actor Clive Owen dando vida a Hemingway en el film 'Hemingway&Gellhorn' (2012).

A lo largo de los siglos, el vino de Jerez ha ejercido una poderosa fascinación sobre escritores, pensadores y creadores del mundo anglosajón. Más que una bebida, el jerez fue para ellos un símbolo cultural: reflejo de refinamiento, fuente de inspiración literaria y compañero de tertulias, viajes y desvelos intelectuales. Desde los escenarios teatrales de Shakespeare hasta las páginas de novelistas, poetas y ensayistas británicos y norteamericanos, el jerez aparece evocado como signo de ingenio, placer y sofisticación, pero también como metáfora del tiempo, la memoria y el carácter. Esta mirada extranjera, culta y admirada contribuyó decisivamente a forjar la proyección internacional del jerez y a inscribirlo en el imaginario literario universal.

Lever, Wilde y C.S. Lewis.

El novelista irlandés Charles James Lever (1806–1872) figura entre los autores decimonónicos que incorporaron con naturalidad y frecuencia el jerez a sus páginas, ya fuese como término genérico, como mención específica del amontillado o incluso en forma de refinados combinados como el sherry-cobbler. Muchas de estas obras fueron ilustradas por el célebre dibujante Hablot Knight Browne, conocido universalmente como Phiz.

Charles James Lever.

En Charles O’Malley, the Irish Dragoon (1841), Lever pone en boca de uno de sus personajes una verdadera disertación enológica, donde el jerez y los vinos españoles adquieren un protagonismo singular. 

Grabado de Phiz ilustra la novela de 'Lever, Tales of the Train' (1857).

"Nos dio una charla perfecta sobre el jerez y los vinos españoles en general, nos contó el secreto del sabor del amontillado y nos explicó ese proceso de oscurecer el vino mediante la ebullición, tan apreciado por algunos en Inglaterra. Finalmente, viendo quizá que la protección no nos resultaba muy atractiva, con su tacto habitual, se dedicó a contar anécdotas. "Una vez tuve la suerte", dijo, "de encontrar ese selecto jerez de St. Lucas siempre reservado para la realeza. Era un vino pálido, delicioso al beberlo, y sin más sabor en la boca que una ligera sequedad que parecía decir: otra copa".

Ilustración de Phiz para una novela de Lever.

También Oscar Wilde (1854–1900), figura central de la literatura irlandesa y británica de fin de siglo, rindió homenaje al jerez en su teatro y en su narrativa. Tanto en El retrato de Dorian Gray (1890) como en La importancia de llamarse Ernesto (1895), el vino de Jerez aparece asociado a la cortesía social, al ingenio y a la sofisticación. No obstante, es en dos relatos breves donde esta presencia se manifiesta con mayor precisión: en La piel de naranja, Lady Marcella dispone, junto al postre, un jerez excelente al término del almuerzo; y en El modelo millonario (1887), se describe a Hugh Erskine que "intentó vender jerez seco. Tampoco resultó; su jerez era tal vez una pizca demasiado seco".

El jerez en la versión cinematográfica de 'El retrato de Dorian Gray' (1945).

A esta tradición literaria se suma C. S. Lewis (1898–1963), quien tampoco escatimó elogios al jerez en su obra. En el segundo capítulo de Esa horrible fortaleza (1945), tercer volumen de la Trilogía cósmica, una reunión académica se inicia con una conversación distendida en torno a una copa de jerez. El diálogo, cargado de ironía británica, revela tanto la centralidad del vino en el ritual social como la exigencia de quienes lo degustan, siempre dispuestos a señalar dónde podría encontrarse uno aún mejor.

Esta referencia literaria encuentra un eco visual y emocional en el cine. En la película Tierra en penumbra (Shadowlands, 1993), el propio C. S. Lewis —interpretado por Anthony Hopkins— es invitado a compartir una copa de jerez por Joy Gresham, encarnada por Debra Winger, en una escena que refuerza el carácter íntimo, reflexivo y casi ceremonial que el jerez ha conservado en la cultura anglosajona.

C.S. Lewis, interpretado por Anthony Hopkins en 'Shadowlands', es invitado a un jerez.

Amontillado para Philo Vance

El escritor estadounidense S.S. Van Dine (1888-1939), figura clave del relato policiaco de entreguerras, no solo dio vida al elegante y cerebral detective Philo Vance, sino que compartió con su célebre personaje una afición muy concreta: el amontillado. Este vino se integra como un rasgo distintivo del sofisticado universo literario que rodea a sus historias criminales.

La vinculación personal del autor con el vino queda reflejada en un testimonio recogido por su biógrafo, John Tuska, en Philo Vance. The Life and Times of S.S. Van Dine (1971). En la obra se cita una confesión reveladora del propio escritor: "No anhelo nada más allá de un buen filete de lenguado Marguery, una botella de Amontillado de 1904 y una de las últimas sonatas de Beethoven".

Portada de 'El caso del secuestro', de S. S Van Dine.

El amontillado no solo aparece como referencia cultural, sino que se integra activamente en la narrativa de varios de sus títulos más conocidos, como The Scarab Murder Case (El caso del asesinato del escarabajo) o The Kidnapped Murder Case (El caso del secuestro). En esta última novela, Philo Vance ofrece en su residencia una copa de amontillado viejo a su amigo Markham, fiscal del distrito de Nueva York, en una escena que subraya tanto la amistad entre ambos personajes como el gusto refinado del detective.

Sin embargo, es en The Greene Murder Case (El asesino fantasma), publicada en 1928, donde el jerez alcanza un protagonismo singular. El capítulo XIX, titulado significativamente Sherry and Paralysis, incluye este diálogo:

"Tengo un viejo amontillado…(...).

Vance tomó su copa y dio un sorbo. Por su actitud, cualquiera habría pensado que nada en el mundo, en aquel momento, era tan importante como la calidad del vino.

Ah, mi querido doctor —comentó con cierta ostentación—, el capataz en las soleadas laderas andaluzas, sin duda disponía de muchas botas raras y valiosas con las que ennoblecer esta añada. Había poca necesidad de añadir vino dulce aquel año; pero, ya se sabe, los españoles siempre endulzan su vino, probablemente porque a los ingleses les desagrada hasta la más leve sequedad. Y son los ingleses, como usted sabe, quienes compran todos los mejores jereces. Siempre han amado su sherris-sack; y más de un bardo británico lo ha inmortalizado en verso. Ben Jonson cantó sus alabanzas, y también lo hicieron Tom Moore y Byron. Pero fue Shakespeare —un ardiente amante del jerez— quien le dedicó el panegírico más grande y apasionado. ¿Recuerda el monólogo de Falstaff? —“Se me sube al cerebro; seca allí todos los vapores torpes, apagados y groseros que lo rodean; lo vuelve aprensivo, rápido, olvidadizo, lleno de formas ágiles, fogosas y deleitables…” El jerez, probablemente lo sepa, doctor, fue considerado en otro tiempo un remedio contra la gota y otros males de un metabolismo defectuoso.

Más allá de la anécdota literaria, estas referencias consolidan al amontillado como un elemento cultural de primer orden dentro de la narrativa de Van Dine, elevándolo a símbolo de refinamiento intelectual y placer sensorial. Un vino que, en manos de Philo Vance, no solo acompaña la lectura, sino que también parece iluminar el pensamiento en la resolución del crimen.

Thomas Carlyle y el jerez

En un artículo publicado por la revista Country Life el 7 de diciembre de 1907, bajo el elocuente título Thomas Carlyle on the Value of Sherry, se recogía una significativa anécdota sobre el célebre pensador escocés, que venía a subrayar las virtudes atribuidas al vino de Jerez en la Inglaterra de la época.

El texto aludía asimismo a un estudio aparecido en The Lancet sobre las propiedades características de los distintos vinos, en el que se afirmaba que el jerez contenía más éteres estimulantes que cualquier otro, destacando así su singularidad.

Retrato del filósofo escocés Thomas Carlyle.

Que el jerez ejercía un efecto extraordinariamente beneficioso quedaba ilustrado por un episodio de la vida de Thomas Carlyle (1795-1881), relatado por su amigo y médico personal, Sir James Crichton-Browne. Este eminente facultativo defendía el alcohol como reconstituyente y, en particular, como un remedio eficaz frente a algunos de los efectos más peligrosos de la exposición prolongada al frío. En sus propias palabras, dejaba constancia de lo sucedido:

"Thomas Carlyle, según recuerdo, dio testimonio de la acción benigna del jerez. Había viajado desde Liverpool a Londres durante cuarenta o cincuenta horas en el exterior de una diligencia, bajo un clima frío y húmedo, y llegó a la capital “medio muerto”. “Aterricé en Cheyne Row —decía— más loco que cuerdo; pero mi querida esposa estaba en el vestíbulo, comprendió de inmediato mi estado y, casi sin mediar palabra, me condujo a mi habitación, donde bebí una copa llena del mejor jerez: ‘Bebe eso, querido, de un trago’. Nunca en mi vida había tomado una medicina semejante. Afeitado, lavado y vestido con ropa limpia, bajé las escaleras sintiéndome un hombre nuevo, y dando gracias al cielo por un médico así”.

Ernest Hemingway y Jerez

Rafael Ramírez, propietario del kiosco de prensa y tabanco en la calle Arcos de Jerez, recuerda vívidamente aquella noche en que Ernest Hemingway se sentó a su lado: "Estuvo desde las tres de la mañana hasta que llegaron Antonio Ordóñez, Rafael Ortega y otros toreros. Cuando me dijeron quién era, lo saludé y me firmó un autógrafo. Y como él, montones de artistas pasaron por aquí".

Aquella visita furtiva Heminway (1899-1961), premio Nobel de Literatura, no dejó más rastro tangible que la memoria de Ramírez, aunque el investigador Ángel Capella confirma el hecho en su estudio Hemingway and the Hispanic World: “He also visited Cádiz, Jerez de la Frontera…”.

La relación de Hemingway con Jerez se extendió durante toda su vida. Sus escritos reflejan su pasión por los vinos y brandies de la región, en especial el Fundador de Domecq. En París era una fiesta (A Moveable Feast, 1964), narra un encuentro con James Joyce en un café parisino donde ambos disfrutaron de una copa de jerez seco, a pesar de que la biografía de Joyce asegura que nunca bebía otra cosa que vino blanco suizo.

Su primera estancia en España data de 1923, invitado por amigos parisinos a conocer los Sanfermines de Pamplona para su trabajo como corresponsal. Estos viajes se repetirían durante los veranos de 1924, 1925, 1926, 1927, 1929 y 1931y serían la inspiración de su primera gran obra sobre España, Fiesta (The Sun Also Rises, 1926). En ella, el jerez se convierte en protagonista de los encuentros de los personajes: “-Jerez - dijo Cohn / -Jerez - pedí al camarero”.

Portada de 'Muerte en la tarde', de Hemingway.

En Muerte en la tarde (Death in the Afternoon), escrita en 1932, Hemingway dedica elogiosas palabras a Jerez: “El día 29 de abril hay una corrida en Jerez de la Frontera, lugar que vale la pena visitar, incluso al margen de los toros. Es la patria del sherry y de todo lo que de él se deriva. Os llevaran a las bodegas y podréis saborear toda una serie de vinos y aguardientes muy variada...".

Durante la Guerra Civil española, Hemingway apoyó al bando republicano y vivió los acontecimientos de 1937 a 1938 en primera fila, experiencia que inspiraría Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tolls, 1940). En sus descripciones, la manzanilla sanluqueña aparece en algunos momentos de la historia: “Estaba ahora bebiendo más manzanilla y tenía los ojos brillantes”.

Sherry Party en un dibujo de Edward Baden para Fortnum&Mason, años ‘30.

Tras dos décadas de ausencia, regresó a una España de los años 60 para escribir El verano peligroso (The Dangerous Summer, 1960), donde Jerez vuelve a aparecer: “Ya había concluido la feria de Sevilla, Luis Miguel debía de torear en la feria de Jerez de la Frontera (...) Todos nos habían esperado en Jerez cuando el 3 de mayo toreó Antonio…”.

Incluso en su obra póstuma El jardín del Edén (The Garden of Eden, 1986), iniciada a mediados de los años 40, los protagonistas son frecuentes bebedores de jerez, como Marismeño y Tío Pepe, consolidando la presencia del vino jerezano en la vida y literatura del escritor estadounidense.

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