Los niños de mi calle
Jerez, tiempos pasados Historias, curiosidades, recuerdos y anécdotas
Los niños de mi calle se llevaban todo el día jugando en la vía pública, cuando apenas circulaban coches, ni motos, con el único peligro del tren bodeguero ; mientras jugaban al fútbol, al bolindre, a la piola, a raura y a sal que te vi, entre otros muchos juegos, ya desaparecidos en su mayoría.
EL otro día, no sé por qué extraña asociación de ideas me acordé de algunos amigos de la niñez de los que vivían en mi misma calle. Niños de mi misma edad, que jugaron innumerables veces conmigo y con mis hermanos a policías y ladrones, a la piola, al látigo, a raura, a sal que te vi, al aro, al salto la comba y a otros muchos juegos de la época que los niños solíamos inventar y practicar en la misma calle, cuando aún no existían tantos peligros, como ahora, y los chavales nos podíamos tirar horas y horas jugando el bolindre, o al fútbol, con pelota de trapo, en plena vía pública, por la que apenas pasaban coches, y mucho menos motos. Aunque el peor peligro no era otro que la célebre Maquinilla, a la que estábamos ya tan acostumbrados que jamás ocurrió ningún accidente irreparable. Bastaba con retirarse de la vía, apenas se la veía llegar, porque circulaba bastante despacio.
Mi calle era la calle Ancha; quizás la mejor del barrio de Santiago, pues aunque yo nací en la Corredera, en los cuarenta nos fuimos a vivir a la calle Ancha, a una casa enorme con ocho habitaciones y dos galerías, en una de las cuales proyectábamos películas de Cine Nic, confeccionadas por uno de esos amigos, llamado Alfonso, que era una verdadera eminencia dibujando. Yo ponía el argumento y Alfonso los dibujos de Tararí de los Micos y otros personajes creados por ambos. También Alfonso dibujaba las portadas de mis pequeñas novelitas y obras de teatro. Más abajo de su casa vivían tres hermanos, llamados Fernando, José Manuel y Manolo. Del primero no sé que sería, el segundo estudió medicina, llegando a ser un conocido oftalmólogo, fallecido hace pocos años. Manolo se hizo abogado, después de haber pasado varios años por el seminario y fue, años adelante, compañero entrañable de trabajo.
En esa misma acera, la de los impares, vivían unos hermanos, cuyos nombres no recuerdo, a los que los demás niños llamábamos "Los botalanchas", porque tenían unas botas que a todos les venían grandes, y también "Los meones", porque su casa era lo más parecido a un urinario público de los que había entonces, por el hedor que desprendía. Por cierto que, en esta casa, había un piso cerrado, donde dos señoras tenían una especie de depósito de medicamentos, del que Los Meones y sus amigos sustraían, no sé como, numerosos productos granulados de diversos colores, que consumíamos como si fueran golosinas, a pique de que más de un niño se hubiera intoxicado; cosa que no recuerdo llegara nunca a ocurrir, afortunadamente.
En la casa de la esquina de los números nones, en el número uno, vivía don Guido Williams, dueño de las bodegas Williams y Humbert, que salía todas las tardes a pasear por su acera, con su bella y elegante señora y sus perros; y en la primera casa de los pares, donde años después se levantaría el Cine Riba, vivía Pichaco, hijo de un almacenero de aquellos que usaban babi de crudillo. Y tres casas más arriba, en el 10, vivían mis buenos amigos los Pantoja, Antonio, Pepe y Enrique, cuyo padre tenía un taxi de aquellos de gasógeno, que siempre aparcaba frente a su casa. Enrique, que era de mi misma edad, y con el cual viví muchas aventuras, se fue a vivir a Madrid y nunca más volví a saber de él. Tenía una hermana, llamada Lola, que era guapísima y que también se fue, creo, con su hermano.
Yo vivía en el 18, y en la casa de al lado, en el 20, tenía otros buenos amigos. Pepito, que era el hijo de la dueña y que aún vive allí; Miguelín, hace años fallecido, que quiso ser torero y que cantiñeaba muy bien los fandangos de Huelva, al que todos los días recogía para irnos al colegio. Su padre era contratista de obras y tuvo varios tabancos. Otro vecino de esa misma casa era el tenor Pepe Orellana, cuyos hijos, especialmente Quique, que de mayor se hizo un gran violinista, también eran amigos míos. Y en la última casa de la calle Ancha, en el 22, vivía el matador de toros Ventura Núñez 'Venturita' del que fui gran amigo, antes que de su hijo, de igual nombre; pues éste era mucho más joven que yo.
A 'Venturita' le hice una de las primeras entrevistas de mi vida de reportero, a la que por cierto me acompañó otro amigo torero, el novillero y poeta Pepillo, que vivía muy cerca de allí, en la plaza de Mirabal, junto a la casa de mi maestro el gran periodista Manolo Sambruno Barrios, en cuyo despacho, siendo joven aprendiz de periodista, pasé inolvidables noches en amenas tertulias, mientras descubría los más oscuro secretos del oficio de periodista, que más tarde revalidaría con otros maestros, como Ricardo García (K-Hito), Juan Aparicio, Miguel Ortíz González (Miorgo), Rafael González, Manolo Cadaval o Alejandro Daroca de Val, entre otros; porque en esto del periodismo no se acaba nunca de aprender.
2 Comentarios