La opinión pública
Educación | Cerebros en toneles
La esfera de la opinión pública es el ámbito donde la democracia produce su propio alimento. Si esa esfera desaparece, la democracia muere por inanición y se queda en los huesos. Ese ámbito es posible gracias a los medios de comunicación, las instituciones culturales y educativas, las asociaciones… La opinión pública nace del intercambio de ideas sobre cómo es la realidad social y cómo debería ser. En la esfera pública se constituye la voluntad democrática, lo que deseamos ser como comunidad.
La llegada de las nuevas tecnologías de la información ha supuesto una transformación radical de esa esfera. Recuerden cuando todos veíamos los mismos programas de televisión, cuando había pocos periódicos y solo en papel… En uno de sus últimos libros, dedicado a la esfera pública y la política deliberativa, dice Habermas que hoy en el ámbito de los medios de comunicación se da una expansión ilimitada y una fragmentación: “Los usuarios exclusivos de los medios sociales parecen estar adoptando un modo de comunicación semipúblico, fragmentado y circular que está deformando su percepción de la esfera pública como tal”. Todo el mundo opina, desde sus ideas, para los suyos, sin tener en cuenta el bien común. Se crean bucles de opinión dispersos que se oponen a otros. En las redes sociales todo es privado y público a la vez, pero ya lejos de una opinión pública estructurada por el bien común.
Antes eran unos pocos los que opinaban: ahora habla todo el mundo a la vez. Antes eran pocos los que sabían: ahora todo el mundo sabe de todo. A los pocos segundos de publicarse una noticia, ya hay infinitas opiniones. Son reacciones inmediatas, sin dejar posar las ideas. Se trata de intervenciones viscerales movidas por emociones irracionales. La esfera de la opinión pública no solo se ha acelerado, también se ha distorsionado, gracias al uso de la mentira intencionada, la manipulación de la información, la polarización y el odio, la exclusión, los prejuicios, la censura encubierta y la autocensura, el no dejar hablar o no querer hablar…
Menos mal que siguen existiendo foros más pausados, organizados por universidades, academias o instituciones culturales. Los congresos científicos y jornadas literarias también son parte de esa opinión pública. Las personas que se dedican a las letras, a escribir libros, tienen gran responsabilidad en la configuración de la democracia, aunque no lo parezca. Uno espera que esos escritores introduzcan sensatez en la esfera pública y pongan los cimientos de una democracia deliberativa.
Frente a la distorsión y el ruido de la red, esos espacios científicos y literarios deberían ser modelos de deliberación racional, de diálogo. Además de ser un modelo formal de intercambio de argumentos, pueden aportar ideas más elaboradas, más ricas. Y así contribuir a racionalizar la esfera pública y reorientarla al bien común, dejando a un lado la polarización emocional. Deberían ser un ejemplo para toda la ciudadanía y, en especial, para nuestros jóvenes.
De ahí que resulte incomprensible que en una sociedad democrática algunos intelectuales se nieguen a participar en un debate porque hay personas con ideas radicalmente opuestas a las suyas. Tampoco se entiende que algunos colectivos propongan que se prohíba una conferencia porque tratará sobre ideas políticas que chocan frontalmente con las suyas. Con estas actitudes se destruye lo que Habermas llama el núcleo moral de la cultura liberal: la voluntad de los ciudadanos de reconocer recíprocamente a los demás como conciudadanos y colegisladores en pie de igualdad.
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