El oro, el moro y los libros de sabiduría
Daltonmanías
NO hay razón por la que en los libros de sabiduría tenga que haber sabiduría necesariamente. A decir verdad, se han escrito un número infinitamente mayor de necedades que de verdades en dichos libros.
Seguramente por algo de eso, decía Alberti: ”Manifiestos, escritos, comentarios, discursos, humaredas perdidas, neblinas estampadas… Qué dolor de papeles que ha de llevar el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua...”
Mucha es la cantidad libros de sabiduría que no valen para nada. Perder el tiempo es lo mejor que le puede pasar al que los lea, y lo peor que nos puede acontecer a todos es que el que los lea haga suyas y ponga en práctica ideas equivocadas, y por tanto peligrosas.
Hay, sin embargo, una sabiduría que no reside en los libros. Milagrosamente, reside en un lugar bastante ignorado que es común a todos los mortales: nosotros.
La sabiduría a la que nos referimos la heredamos nuestros mayores, de la gente que conocemos y de nuestra propia experiencia al andar por este mundo y se transmite de boca en boca por medio de refranes, dichos y frases hechas que hacemos nuestros y que navegan triunfantemente inmortales sobre las aguas del tiempo por los siglos de los siglos.
Verdades que surgen tan naturalmente como el agua de los manantiales. Dichos que nacen de la amargura o de la alegría que se experimenta en propias carnes, y por tanto, inequívocamente verdaderos. Palabras que dan consuelo y apoyo porque comprendemos que no estamos solos, que lo que nos pasa le ha pasado al más pintado. Tesoro de siglos que nos ayuda a explicar lo que sentimos, que nos da la mano en nuestras cavilaciones. Frases que sugieren imágenes mentales perfectas y claras como la luz del día. Nadie recibió nunca un premio por la autoría de tan maravillosas sentencias, porque no se premia lo que surge de forma natural. Ni falta que hace. A la sabiduría popular, como al flamenco de verdad, o como a cualquier hijo del puro ingenio, le sobran los galardones ya que no necesita de ellos para subsistir eternamente.
Todo esto viene a cuento porque hoy, pensando en el origen de los dichos populares, hemos sabido que en nuestro Jerez, cuna de tantos sabios ignorados, se acuñó el dicho popular “El oro y el moro”, que se utiliza para describir una situación en la que uno se ilusiona porque hay mucho en juego (el oro y el moro), pero que al final, nos quedamos sin nada o ,como solemos decir también en Jerez, “con la cara partía”.
Según dice una historia, en tiempos de la Reconquista, unos caballeros jerezanos apresaron al alcalde de Ronda, Abdalá, y a su sobrino Hamet. El Alcalde Abdalá pagó su rescate pero no el de su sobrino Hamet. A partir de ese momento, los caballeros jerezanos tuvieron que mantener los gastos del cautivo moro Hamet a la espera de que se pagara el oro de su rescate, cosa que mermó bastante sus bolsillos, ya que el carísimo Hamet era tratado con la consideración que los caballeros daban a un moro de alta alcurnia.
La razón de darle tan costosa consideración a Hamet debía ser la misma por la que en la actualidad también se les da la más alta consideración a los oficiales o altos cargos apresados en tiempo de guerra y, sin embargo, se les niega a los soldados o civiles de poca importancia. Es decir, que antes como ahora, los que tenían el mando se cubrían las espaldas dando buen trato a los apresados de alto rango con la cuca intención de que el enemigo les diera buen trato a ellos en caso de caer apresados a su vez.
Curiosamente, el grupo de los privilegiados es y ha sido siempre muy reducido en comparación al grupo de los que tenemos que escuchar que lo blanco es negro y ver cómo nos la siguen metiendo por debajo del babi…
Volviendo al tema, los caballeros jerezanos seguían dilapidando su ya escasa fortuna para mantener el tren de vidorra que llevaba el moro Hamet y andaban preocupados porque el oro gastado ya superaba la suma que pedían como rescate, cuando el macutazo del secuestro llegó a oídos del rey Juan II de Castilla, que desafortunadamente, no era sordo, sino “desajogao”, y se llevó Hamet a la Corte.
Con razón los caballeros jerezanos iban diciendo a todos que el rey les había quitado “el oro y el moro” puesto que al no tener al moro se les esfumaba el rescate de oro.
Y es que a los jerezanos nos viene de muy viejo eso de tengamos la miel cerca de los labios y luego no sólo no la catemos, sino que además se lleven el oro y el moro que ya nos habíamos currado.
En fin, que a este paso vamos a tener que empeñar la sillita caca y el sillón de oro donde caga el moro.
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