Cultura

La vibración cromática

LA Sevilla artística de los años 70, todavía, se encontraba muy influenciada por los resabios de una tradición que se consideraba eterna y que difícilmente podía perder su esencia. Sin embargo existía un sector - mínimo - que tenía la necesidad de algo diferente. La trasnochada oficialidad artística velaba con ahínco porque lo moderno no osara transgredir los valores que hicieron grande un arte que no podía ser violado por advenedizos endemoniados, con ideas poco recomendables. La Pasarela, con Enrique Roldán al frente, intentaba dar vida y claridad al ceniciento panorama de la ciudad. Por cierto, ¿para cuándo el gran homenaje del arte a Quique Roldán? Entre los artistas más activos de aquellos momentos se encontraba Pepe Soto que, junto a otros importantes nombres del arte adelantado de la ciudad - Carmen Laffón, Manolo Salinas. Más tarde Juan Manuel Bonet y Quico Rivas, Paco Molina… -, sentaron las bases de una renovación artística sevillana que, con ellos y desde ellos, ya no tendría vuelta de hoja y pondrían las balizas para que se supiera por dónde circular en aquel tránsito de intenciones poco propicias para lo nuevo.

Pepe Soto comenzó realizando una pintura figurativa - no podía ser de otra forma en aquella Sevilla tan amante de los bellos realismo de otros tiempos-; pero muy pronto se sintió atraído por los exigentes postulados que tenían lugar fuera de España y que, hasta aquí, apenas llegaban o lo hacían de forma muy desvirtuada. Además, Pepe Soto se entusiasmó por una obra difícil y compleja para aquel tiempo. Nada más y nada menos que por los desenlaces pictoricistas del expresionismo abstracto americano, en concreto por la faceta llamada colors-old painting, aquella tendencia que daba supremacía total a los campos de color limpios sobre una superficie. Pepe Soto, como hicieran Mark Rothko, Clifford Still y, sobre todo, Barnett Newman, quiso investigar hasta sus límites más extremos las posibilidades del color, buscaba interacciones cromáticas, contrastes, yuxtaposiciones de tonos o asociaciones de colores, pero utilizando una línea recta como eje delimitador de los espacios.

Su pintura abrió infinitos caminos en aquella Sevilla y puso una nota de avanzadilla artística en aquella ciudad tan necesitada de buenos proyectos. Pero la actividad de Pepe Soto en la pintura sevillana no duró mucho. Su actividad creativa dio paso a la de dinamizador artístico; su nombre ha estado presente en muchas manifestaciones artísticas pero nunca en la parcela como pintor en ejercicio. Los que conocimos su faceta artística y lo que supuso en los horizontes de la pintura hispalense echamos mucho de menos, desde aquel lejanísimo 1975 cuando dejó de pintar, la obra de un Pepe Soto que nos parecía altamente necesaria. Por eso, cuando el propio Juan Antonio Álvarez Reyes, director del C.A.A.C., nos anunció la gestación de esta exposición, volvimos a ilusionarnos con un nuevo Pepe Soto, con su obra antigua y con sus actuales proyectos pictóricos para esta muestra.

La exposición está comisariada por Juan Bosco Díaz-Urmeneta, tan cercano siempre a Pepe Soto, que ha contado con la colaboración de María Luisa López, representante de la institución que acoge la muestra. Una comisaría que tenía muy claros sus postulados. Por un lado recuperar las no excesivas obras que Pepe Soto realizó en su día y, por otro, convencer al autor a realizar otras basadas en aquellas que tanta trascendencia dejaron en su momento. De esta manera, el espectador se encuentra con un pulquérrimo testimonio plástico donde los espacios llenos de color, manifiestan un vibrante testimonio, sólo roto por esa línea fronteriza que marca las distancias interactivas de los campos cromáticos.

Pepe Soto, hoy como ayer, nos conduce por una obra pulcra, llena de sutileza, vibración, tensión y equilibrio, donde las áreas coloristas posibilitan unos inquietantes desarrollos emocionales. Juega con los espacios que yuxtapone perfectamente delimitados -más cerca, por tanto, de la pintura de Newman que la de Rothko-, posibilitando contrastes e interacciones de medida fortaleza plástica, visual y sensorial.

La pintura de este artista adopta todos los apasionamientos que proporciona la gran manifestación abstracta, pero utilizando una ambientación cromática personalísima y consiguiendo que la inquietud formal que se desprende del uso tan personal de las superficies de color, se vea matizado por unas especiales tonalidades que envuelven de sensualidad, expectación, emoción y hasta espiritualidad una mirada felizmente atrapada y convencida.

Una exposición que rescata a un Pepe Soto protagonista de un episodio lleno de trascendencia artística y existencial.

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