En unos tiempos en los que la actualidad es más efímera que nunca, no quisiera dejar atrás y sin ponerle atención a lo que hace tan solo dos semanas hacía poner el grito en el cielo a más de uno y de una. Si bien, en estos momentos, todos los focos apuntan a la ya por todos conocida Elena Cañizares y su odisea contra sus compañeras de piso, hace menos de 15 días el punto de mira nacional se fijaba en todo momento en una campaña contra la violencia machista del Ayuntamiento de Córdoba.

Dejando a un lado -aunque sea difícil hoy en día- ideologías, colores y forofismos, lo más llamativo de toda esta historia es que siempre, siempre, sale a relucir la finísima piel de muchísimos hombres -y mujeres- que demuestran que, en ocasiones, no están a la altura de comprender ciertos mensajes. Darse por aludido por un mensaje en el que, claramente, se señala al padre maltratador que, además del propio maltrato, crea traumas a sus hijos e hijas desde que son muy pequeños es, cuanto menos, de una debilidad personal tan asombrosa como triste.

Más aún cuando se trata de una realidad que, cuanto antes conozcan los propios niños y tengan claro que es uno de los problemas más grandes de nuestro país en los tiempos que corren, antes construiremos un futuro en el que, al igual que con los asesinatos cometidos por ETA -por ejemplo-, hablemos en pasado de esta lacra.

La campaña, curiosamente llevada a cabo por un gobierno municipal del que no se esperaba una cartelería así, fue retirada y pudieron dormir tranquilos los que, al parecer, al ver un mensaje así, entienden que sus propios hijos jamás querrán ser como ellos.

Si 1073 -si no fallan las cifras oficiales- mujeres asesinadas desde que se empezaron a contabilizar en 2003 no son motivo suficiente para crear campañas como esta de impactantes ni para remover las entrañas de la gente, no me extrañará nunca que este número siga creciendo hasta el final de nuestros días.

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