Estamos en unas cotas de progreso técnico verdaderamente considerables: dispuestos a llegar a no sé qué planetas, galaxias y lejanías inescrutables. Yo, en cambio, me levanto cada mañana con noticias nacionales y locales que denotan lo contrario: quema de contenedores, botellones, chutaderos, enfrentamientos ideológicos; en fin, todo un patatal de charcos y barrizales regresivos. De entre todo, sin embargo, no es la animalidad lo que más me asusta, que tiene arreglo con el tiempo y una caña, sino la humanidad que parece haberse bestializado, o, acaso, porque sea así de humana. Me intranquiliza, de entre todo, los esbozos de ignorancia que llevan a la ofuscación y al fanatismo, sean de la nación que sean. En este caso, la nuestra. Me asusta que la sociedad se atrinchere en la intolerancia ideológica y vaya en ello 'in crescendo' en esa triste patología, que espero sea transitoria.

Los fanatismos tuvieron, y tienen, una historia tan deplorable y sangrienta que dan jindama, y más cuando aparecen regurgitados. El rastro de sus consecuencias es tan enorme, que bien diría que han sido lava salivada de los mismísimos quintos infiernos (porque hay hasta nueve en Dante). Es preciso estar ojo avizor con lo rebrotes de semejante grama, tan empecinada siempre en comerse todo cuanto sea plantado a su alrededor. Se suele confundir con los ideales, las convicciones y la fortaleza; porque la delicadeza, la educación y la tolerancia se visten de seda y no enseñan ni espada ni coraza alguna. Al contrario, nadie las considera por parecer, a juicio de los ignorantes, que son endebles e insustanciales. Es difícil conjugar doctrina cierta y tolerancia abierta, espinoso trabajo lleva tener razón y confrontarla con quien no la lleva, peliagudo empeño tiene saber expresar con delicadeza los ideales fuertes sin que nadie se soliviante ni exceda. Y, sin embargo, aquí radica el juego y el caldo de la cuestión. Que haya fanáticos no me extraña; que estos terminen aplicando su razón, me asusta.

¿Cómo estar firme en una idea y no caer en la terquedad y ofuscación? ¿Cómo defenderte al mismo tiempo de la contemporización insulsa que arrasa con su indolencia? ¿Cómo resistir a la no creencia en nada con la firmeza de tus creencias? Ser tolerante y defender la justicia con empeño se ha vuelto de extremado riesgo. Exigir el cumplimiento de la legalidad tiene hoy la misma impopularidad que tuvo en su día la brujería para la inquisición. Defender a la víctima se ha convertido en un hecho tan políticamente incorrecto, como lo fuera, en su día, aplaudir a ETA ¡Qué dislate! Las cosas se han vuelto del revés, de tal modo que hay que darle la razón al loco, y callar del todo si quieres seguir siendo considerado cuerdo. Un quiasmo con derrapaje ideológico.

Ciertamente hay muchos tipos de fanatismos, y no todos tienen la misma consideración e importancia (yo, por ejemplo, lo soy del chocolate). Pero cuando se trata de una pasión exagerada, desmedida, que afecta a la mente y se manifiesta con violencia excesiva, hay que ponerle frontera, por ser corrosivo y afectar directamente a la libertad. Semejante gangrena puede provocar una septicemia generalizada. Ved que fueron los fanáticos quienes provocaron guerras, masacres, genocidios y persecución. Y lo que pareció disparate a las mentes lúcidas de otros tiempos, porque lo era, puede retornar con el desconocimiento de la historia y la cultura. Se nos cuela por la gatera la aceptación de 'ideologías' - (no de costumbres y religiones)- que no permitirían jamás, una vez instauradas, el diálogo que a ellos se les profesa y consiente desde nuestra debilidad, o lo que es igual: confusión entre principios tolerantes y fortaleza en los mismos. El pensamiento débil fluye por nuestra sociedad pseudo-permisiva. Prueba del algodón: falta de consenso educativo; confusión entre víctima y victimario; falta de proyectos nacionales; desacuerdo institucional sobre la independencia de la justicia; desamparo absoluto ante la justicia en la defensa de la propiedad privada; complejo en el tratamiento de las leyes migratorias; desatención institucional de la deuda pública; política exterior endeble por falta de identidad nacional, que permite la micción internacional sobre nuestras cabezas; y hay que decir que llueve… No sigo porque el fanatismo no tiene sentido del humor y pueden considerar una ofensa lo que no es sino defensa de la indefensa libertad.

En todo caso, ojo al parche. A estas alturas de Hollywood no podemos bajar la guardia con la tontería. Cuidado con aquellos que no se ríen de sí mismos y toman todo con excesiva solemnidad y aires de grandeza. Deberían vacunarse contra el fanatismo. Yo mismo lo voy a hacer para no volverme fanático del anti-fanatismo; causaría los mismos destrozos.

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