Análisis

dAVID mONTES

Gracias por venir

Jerez respira flamenco por todos los poros de sus adoquines o, al menos, de los que van quedando. Y respira flamenco, no porque el habitante de la ciudad salga de su casa cantando, bailando o tocando las palmas sino porque una legión de aficionados y amantes a esto de lo jondo, en sus más vanguardistas y ortodoxas formas, ponen rumbo a esta ciudad, como casi siempre, entre la última semana de febrero y la primera de marzo.

Deseosos de aprender en los diferentes cursos de cante, baile o toque que se programan con entrada incluida en las propuestas escénicas teatrales y todo un mundo por conocer en salas, tablaos o peñas. Capaces de llenar de vida y de pasión a un Jerez que vive desde hace demasiado tiempo de unos réditos que la sostienen como un territorio tan indispensable como mejorable, que reclama a gritos una estructura sólida y estable que haga del flamenco la seña de identidad que trata de vender al exterior. Por desgracia, esa impresión se esfuma paseando por según qué calles.

A los visitantes les debemos un festival flamenco de gran formato que tiene más de dos décadas de existencia. A ellos les debemos que las programaciones alternativas a la oficial gocen de buena salud. A ellos les debemos que las academias y centros de formación artísticos hagan su agosto en febrero y marzo. A ellos les debemos que se ponga el punto de mira en Jerez en esta época del año. Bueno, a ellos, y también a los que pagan impuestos, claro.

Pero este Festival, sin sus visitantes, no sería nada. Cuidemos a los que traen la maleta cargada de ilusión y ganas de vivir y sentir Jerez como parte suya que ya es. Sois los visitantes, los que mantenéis vivo el flamenco de Jerez en febrero, en marzo y quién sabe si el resto del año…

Gracias por venir.

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