Los pueblos deben vender aquello que conocen bien. Y pocas cosas conocen mejor que su propia historia. Uno de los museos más curiosos que he visitado en mi vida está en Sigüenza. Está por entero dedicado al pueblo, a sus orígenes, a su historia. Ocupa dos plantas y en él eres capaz de entender cómo vivían las gentes de esta zona de Extremadura hace años, de saber las razones por las que hacen las cosas de una forma y no de otra. Puedes encontrar desde las barcas sin quilla con las que robaban al río el poco pescado que metían en su dieta hasta sumergirte en una escuela rural, en el dormitorio de una familia campesina, también en el de una familia acomodada o contemplar, pasmado, cómo se ha recreado una tienda de ultramarinos de principios del siglo pasado. Ese tipo de museo nos falta en Jerez. Esa instalación que en tiempos se iba a llamar el 'Museo de la Ciudad' y que se iba a ubicar en la calle Pozo del Olivar. Deberíamos afrontar el reto, por nosotros, por quienes nos seguirán, por quienes nos visitan. Merecería la pena.

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