Análisis

Juan A. Moreno Arana

Investigador

La Torre de Melgarejo. Datos para su historia

La torre del Melgarejo. La torre del Melgarejo.

La torre del Melgarejo. / entornojerez.com

Es difícil no sustraerse al poder de evocación de los castillos medievales. Restos de una época marcada y deformada por el relato épico, por cuentos y leyendas no siempre inocentes, donde manda la imaginación, señoreando los huecos que el correr de los años, inmisericorde, va dejando en la memoria colectiva.

Aparte de sus sillares, ladrillos y sus muros de tapiales, propios de unas construcciones militares que proliferan a lo largo del siglo XIV por las tierras del sur del reino de Sevilla para el control de sus inestables fronteras con los reinos musulmanes, la historia de la Torre de Melgarejo se ha construido sobre novelescas leyendas, pasatiempo y deleite para románticos viajeros decimonónicos. Sin embargo, los documentos narran una historia que si bien, en algunos casos, es menos colorista, tiene la belleza de la verdad desvelada tras siglos de tinieblas. Y la Torre de Melgarejo, alarmantemente amenazada hoy por la ruina, los tiene.

Con la pretensión de que "en todo tiempo se entienda la antigüedad de nuestra buena sangre", el jurado Juan Melgarejo de Estupiñán protocolizaba, en 1606, la documentación perteneciente a su mayorazgo (Archivo de Protocolos Notariales de Jerez, escribano Pedro de Herrera, oficio 15, año 1606, ff. 680-694). El registro notarial daría fe y sería salvaguarda de las 'escripturas tan antiguas', con la que se sostenía el ser del linaje de Melgarejo dentro del entramado social y político jerezano. En este mayorazgo, la torre fue el elemento principal.

Curiosamente, fue una mujer, Catalina Martínez (de Cuenca), por su testamento fechado en 13 de diciembre de 1391, quien haga la vinculación de esta torre en su hijo primogénito, Diego Díaz. Además de otras interesantes mandas que no podemos desarrollar aquí, pero que revelan una relevante posición económica y social, la mujer de Suar Fernández Lozano, aunque era vecina de San Salvador, pedía ser enterrada en la iglesia de San Lucas, en la capilla donde estaba sepultado su progenitor, Domingo Martínez de Cuenca.

Doña Catalina pertenecía a uno de los linajes de mayor relieve del Jerez medieval. Y tanto era así que realizaba la siguiente manda: "Otrosy por cuanto de muncho tiempo atrás de esto hera y es oy día my boluntad que la torre que es al salado con la guerta que está ally cerca con las tierras heredades que con ellos se siguen asy tierra de labor como de pastos y dehesas y aguas manantes y corrientes y estanques según que las yo hasta agora poseya e poseo de lo dexar por mayorazgo a el dicho Diego Díaz my hijo mayor lygitymo". Después de su citado hijo primogénito, el mayorazgo con sus bienes vinculados (la torre con sus tierras) pasaría al hijo de éste, Pedro.

Tenemos aquí unos datos muy jugosos. Primero, que la torre ya existía como tal en 1391, formando parte de la propiedad de Catalina Martínez, siendo posiblemente herencia de su familia, los Martínez de Cuenca, quienes poseían las tierras quizá como concesión real por su participación en la conquista a los musulmanes del territorio jerezano. Segundo, que la torre era epicentro de un amplio territorio circundante con el arroyo Salado que era dedicado a labores agropecuarias, sostén de la economía familiar.

Pero no queremos terminar con el testamento de Catalina Martínez sin señalar una información que da pie a que nosotros hagamos también castillos -o torres- en el aire. Se trata de una cláusula por la que mandaba 20 doblas de oro moriscas para sacar del cautiverio 'en tierra de moros' al albañil Juan Mateos y a sus hijos, con la única condición de que estos no se hubieran 'tornados moros'. ¿Trabajarían Mateos y sus hijos en la construcción de la torre? Quién sabe.

Pasamos ahora al testamento del nieto de Catalina Martínez, el jurado Pedro Díaz Melgarejo. Sin descendientes directos, testaba en 1466. Lo que interesa señalar aquí es que mandará a su sobrino Alfonso de Melgarejo, hijo de su hermano Juan Melgarejo, las "dos tercias partes que yo he e tengo de la torre que se dizen la torre de Diego Díaz que es al Salado de Cuenca término desta ciudad". La condición era que esta donación estuviera vinculada a la familia y no se pudiera vender o enajenar en ningún modo.

De aquí se extrae otro dato relevante. La que conocemos como torre de Melgarejo fue conocida a fines del XV como Torre de Diego Díaz, un topónimo que aparece en los documentos de la época y cuya localización era, hasta ahora, imprecisa. Del mismo modo, el topónimo, Torre de Pedro Díaz, posiblemente haga referencia a la misma torre. También hay que señalar que el apelativo de 'Cuenca' que se le da al arroyo Salado provenga, como hemos sugerido más arriba, del hecho de que en origen todas esas tierras, junto con la torre, pertenecieran a dicho linaje. En efecto, en la partición que Alonso Melgarejo 'el viejo' hace en 1517 de sus bienes, sabemos que el mayorazgo de este fue Pedro Díaz Melgarejo, quien se quedaría con los dos tercios de las tierras y dehesas en las que estaría la torre 'al Salado que dizen de Cuenca', el tercio restante lo heredaron sus hermanos.

Juan Melgarejo de Estupiñán logró conservar la memoria de su familia. Ahora somos nosotros los que tenemos la responsabilidad de evitar que se caiga ese trozo de nuestra Historia bajo la implacable mano del Tiempo.

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