Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Ceniza: una iglesia del Cordero

18 de febrero 2026 - 03:07

Toca el tiempo que hiere, como Juan Bautista señalando al Cordero. Tiempo sagrado que sitúa el espacio de los hombres en el sitio de Dios. Comienza la Cuaresma marcando con la ceniza la importancia de lo que somos: nada y vacío, queriendo decir qué cosa es lo sustancial entre tanto erial y tanta pamplina. Viene el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y uno ya no sabe si esta presencia responde a alguna expectativa o a la búsqueda de alguien que quiera encontrarse con la verdad ¿Somos buscadores de Dios?

Es miércoles, el primer día de un escabroso sendero que se alarga hasta llegar a lo profundamente esencial ¿Será verdad que Jerez quiere encontrarse con aquel que se deja encontrar? ¿queremos nosotros? ¿tendrá que competir con el deseo que nos satisface o con lo que realmente necesitamos? ¿tendrá que ver con nuestras expectativas religiosas, económicas y culturales? ¿estará presente en nuestras arraigadas tradiciones? ¿habrá sitio en nuestra iglesia con sus comunidades, hermandades y mediaciones para un tipo que se llama Jesús de Nazaret?

Un hombre que no busca condiciones favorables ni privilegios ni amistades importantes, una persona libre que no se deja encuadrar ni manipular ¿Habrá sitio en nuestras aburguesadas convicciones para un personaje así? No podemos olvidar que el tal Jesús es siervo y cordero; cualquiera otra consideración es adúltera. Siervo y débil frente a la razón de la fuerza, cordero frente al conquistador.

Llega la ceniza y el diablo con su tentación, llega la religión y la fe, la oportunidad de discernir entre la iglesia vulnerable o la del ostentoso disfraz de las apariencias engañosas, llega un cordero sin dientes, sin agresividad, cuya voz poco tiene que ver con el rugido del león, cuya mansedumbre prevalece a la prepotencia, cuyas armas están aguzadas con el filo de la inocencia, cuya ganancia es pérdida, cuya fuerza va presidida por el ejército del amor ¿Está nuestra iglesia preparada para luchar con estas armas? ¿Podemos hacer alianza con los poderosos?

Este puede ser un buen tiempo para no contemporizar con la astucia diplomática y convertirnos a la simplicidad del evangelio, a la pureza en vez de al engaño, a la humildad en vez de a la grandeza de nuestro saber.

Es un tiempo para la iglesia del cordero: sin armas, sin alianzas, sin engaños. Tiempo para bajar al Jordán de la no importancia, al bautizo de la derrota, al coraje de los fracasados, al triunfo de los perdedores. Tiempo para reencontrarnos con las huellas del maestro, con la iglesia de los corderos: pequeña, modesta, pobre, humilde, sierva. Señalados por la ceniza en la frente bajamos al Jordán de las purificaciones, a identificarnos con el que ha venido a servir, a arrancar del corazón la injusticia, la mentira y el rencor.

Ceniza para restituir armonía, para superar el mal, para revisar la vida y reconocer que somos hermanos. Manchemos la frente con el signo de la verdad ¡Qué curioso, mancharse para estar limpios! Porque si no sientes la espesura del barro no podrás plantarle alas al cuerpo, si no experimentas la oscuridad, tampoco tendrás deseo de luz. La vida enseña más desde la indigencia que desde la abundancia.

Quizá una de las faltas del deseo de Dios se deba a esa saturación que tenemos de cosas. Los dioses falsos han sabido secularizar al hombre con la satisfacción de los impulsos primarios. Atiborrados de sensaciones se nos han tapado las pupilas del espíritu ¿quién discierne ahora por nosotros?

El miércoles de ceniza sirve para destapar la ceguera del corazón, situarnos frente al espejo de nosotros mismos. Un poco de ceniza basta para deshacer el tupé de tu prepotencia, para descomponer el peinado casposo de la brillantina, para desactivar la laca fija que esclerotiza el corazón.

Está bien salir desgreñado de la celebración litúrgica, derramando ceniza por la calle, dejando parte de lo inservible que llevamos en el corazón, sacudirse el polvo que nos recuerda lo que realmente somos, está bien. Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris… No está mal que la iglesia se lo aplique a sí misma, que el templo deje de salvar los muebles y salve a las personas, que sea iglesia del cordero, iglesia madre, iglesia de pecadores, humilde, sobre todo: porque vuestro padre que ve en lo escondido conoce las intenciones del corazón.

Estamos llamados a abrir la mano de la justicia en la generosidad, a cerrar la puerta del cuarto y encontrar la sincera oración del recogimiento, al sacrificio sincero y alegre del que se perfuma la cabeza para que sólo Dios lo note. Menos máscaras, menos ruido, menos trompeta.

Que la ceniza borre el actor que llevamos dentro, la hipocresía de las filacterias y el manto de la soberbia. No estaría mal. Sé que al público le encanta el trompeteo y el maquillaje, el pasacalle espiritual, el aplauso y el reconocimiento de la puesta en escena. Bien, pero la crítica del único que importa es implacable: Ceniza.

Un buen momento para la humildad y una limpia alegría, la del corazón. Tres cosas hacen falta: Limosna, Oración y Ayuno. Tres patas para un banco que sustente la Iglesia. Quizá un poco de silencio entre palabra y palabra. Como mucho, la moneda de una viuda (Mc 12, 41ss) Falta llamar al carpintero: ‘Hazme una cruz sencilla, carpintero…sin añadidos/ ni ornamentos…/ que se vean desnudos/ los maderos, /desnudos/ y decididamente rectos’ (León Felipe).

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