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Aniversario de Santo Tomás de Aquino: un buen día para conciliar el diálogo con el mundo, para seguir los pasos que diera el sabio en pleno medievo (s. XIII), que ni era tan lúgubre como algunos lo pintan porque ahí surgió el gótico, ni tan carente de razón como otros quisieran porque también aparecieron las más importantes universidades. Precisamente pretendió conciliar la razón y la fe, como dos caminos distintos, pero armoniosos, hacia la verdad, que es Dios. Siendo yo adolescente me encontré con su figura en la asignatura de filosofía ¡qué descubrimiento! No entendía entonces más de lo que pueda entender ahora; pero las ‘vías’ de la existencia de Dios me abrieron por primera vez al razonamiento apasionado.
Me gustaban. Entendí que calmaba en algo el runruneo de mi cabeza: aquellas cinco vías como prueba de la existencia de Dios se clavaron en el corazón de una mente temprana. Me encantaron los argumentos racionales: Aluciné con el motor inmóvil (movimiento), la causa primera (causalidad), el ser necesario (contingencia) con el que me despepité al ver el cine de José Luis Cuerda, los grados de perfección y el orden del universo con su diseño inteligente, mucho antes de que se hablara del material astral, antes de que apareciera el cuad cuántico. Llenaron mis primeras admiraciones contemplativas y abrieron, aunque sólo fuera un ápice, lo que en lo sucesivo se troqueló en vocación
¿Sería mucho decir que Tomás de Aquino ha constituido el tronco más importante del pensamiento occidental? Lo afirmo. Antes de que Hegel comenzara con su dialéctica, ya Tomás buscó la armonía de los contrarios intentando resolver el conflicto de que aquello que viene de Dios no se puede contradecir en sí mismo. ¡Qué maravillosa lección la lógica del no conflicto!
Es verdad que cada materia tiene su lógica, que la razón tiene su método y la fe sus principios; pero ambos criterios se pueden encontrar por el camino: todas las verdades buscando la verdad plena, cada cual con su razón sin perder la razón en ninguna de ellas. Así hasta la verdad última. Método diferente y respeto mutuo. Cuando aquel hombretón abrió la boca, se escuchó su razonamiento en el orbe y transformó la teología con su brillantez, consiguiendo que fuera la razón quien, ayudando a la fe, pudiera ordenar todas sus verdades, sistematizarlas y defenderlas.
Logró integrar la filosofía aristotélica con la teología cristiana, estableciendo un sistema donde la razón natural prepara el camino para la fe, y la fe, a su vez, perfecciona y guía a la razón hacia la verdad total. Un hombre enciclopédico capaz de armonizar toda la teología y la filosofía de su época, como si de un San Isidoro se tratase o un Google medieval hubiera puesto los primeros algoritmos de la posteridad. No era inteligencia artificial, era la inteligencia encarnada en un corpachón. Él mismo era la esencia en la existencia, si diéramos en utilizar los conceptos que introdujo en el discurso metafísico (y que me perdonen los verdaderos filósofos por esta morcilla sapiencial)
No tengo otra intención que no sea exaltar su figura y la coherencia misma que tuvo: que cuanto decía y pensaba, también lo vivía. Bebió de Aristóteles el conocimiento de los sentidos, desarrolló la ética y la ley natural, comprendió al hombre como sustancia, y así como toda la filosofía aristotélica, hasta ser capaz de leerla racionalmente en clave cristiana. Todo un logro que dominará la escolástica universitaria, ni más ni menos que hasta nuestros días. Un hombre de su tiempo, un genio para el pensamiento, un santo para la coherencia.
Dicen de él sus biógrafos que era alto y corpulento, callado y contemplativo. Los compañeros le apodaban ‘bovem mutum’ (buey mudo), debido a su gran tamaño y carácter silencioso y retraído, pero fue su profesor, San Alberto Magno, quien predijo que sus ‘mugidos’ resonarían en el mundo entero. Así fue, el alcance de su monumental obra, la Suma Teológica, considerada una de los mayores opúsculos de la Iglesia, lo convirtió en uno de los pensadores más importantes e influyentes de la cristiandad.
Lástima que todo esto haya sido capado, incluso despreciado, del acervo universitario católico; ya no digo de otras universidades que reparten títulos como el que reparte churros. Dicen de este santo varón, que, en los últimos años de su vida, tras una profunda experiencia mística, dejó de escribir, afirmando que lo que había escrito era poco comparado con lo que había visto, entregándose desde entonces al silencio y a la contemplación.
Además de sabio, humilde, que parece ser ésta una de las cualidades que acompaña a todo el que sabe hacer algo más que la O con un vaso. Por todo ello Santo Tomás de Aquino es patrono de las escuelas, colegios y universidades católicas, así como de los estudiantes, filósofos y teólogos de todo el mundo. Qué menos que reconocer a este hombretón por su inmensa sabiduría, capaz de haber integrado lo que ahora se quiere disociar: razón y fe.
Necesitamos escolástica, una guía de educación y una inspiración divina para que no broten burros en el campo de amapolas en que los políticos han convertido las universidades autonómicas y nacionales. Que el Doctor Angélico nos ampare con su sabiduría y cercanía a Dios. Todo sea por la búsqueda de la verdad que tanto y tan bien practicó el aquinate. Aconsejo leer la carta que Santo Tomás dirige a los estudiantes (por si hubiera alguno leyendo esto y pudiera serle de provecho) Ad Maiorem Dei Gloriam
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