Que la vida nunca los ponga en la tesitura de tener que pasar por algo así. Que el sufrimiento nunca les abrace tan profundamente y que puedan disfrutar de la vida como lo que verdaderamente debe ser. Que no crean nunca que la desconocida muerte será mucho mejor que su propia existencia y que la desesperación nunca llegue hasta el punto de no encontrar escapatoria.

Que no noten nunca cómo, más rápido de la cuenta, sus fuerzas se van apagando.

Que no experimenten cómo sus brazos dejan de responder, sus piernas de andar ni sus pulmones de respirar.

Que nunca se sientan una auténtica carga para sus familiares, un tiesto, una molestia para quienes más quieren.

Que nunca les duela que le rocen ligeramente ni que darse la vuelta en su propia cama sea nunca una misión imposible. Que siempre puedan jugar con sus hijos, sus nietos, sus sobrinos y puedan devolverles las palabras, el cariño y las sonrisas.

Que puedan siempre hacerse un café, una pizza o un bocadillo. Que puedan disfrutar de la compañía y de la soledad. Que nunca se conviertan en un lastre para sí mismos.

Y, si el destino se torna lo más oscuro posible para ellos y, en cualquier punto de sus vidas, la mala suerte les niega todo lo anterior, que puedan ser libres de tomar la legítima decisión de querer abandonar para siempre su cuerpo, pasar a mejor vida -nunca mejor dicho- y dejar atrás el sufrimiento de no poder hacer lo mínimo que un día pudieron.

Cuando alguien niega el derecho de una persona a morir dignamente, está negando su humanidad, su empatía y su bondad. Cuando se quiere cortar de raíz la posibilidad de alcanzar en la muerte la tranquilidad que en vida ya es imposible, se hace del infierno -en el que algunos dicen creer- una realidad y, de la misma vida, la verdadera muerte.

Que nunca les toque porque, entonces, suplicarán poder elegir aquello que le negaron a tantas y tantas personas.

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