Notas al margen

David Fernández

Aburrirse por decreto

PASAN los años y la ciudad sigue sin aprovechar su potencial en verano para atraer el mayor número de turistas. Lo peor es que ni siquiera lo intenta por derecho, todos a una. Lejos de huir del continuismo, el PP apenas arriesga y no se sale del guión para a la postre acentuar los errores del pasado abonando el verano al aburrimiento por decreto. Quince son los minutos que nos separan de la costa y contamos con el aeropuerto de la Bahía, ¿dónde está el problema? Vale que las temperaturas invitan a pasar el día en la playa, pero la tarde y sobre todo la noche podrían resultar atractivas si se programase con ambición y calidad. El precio de los hoteles es imbatible. El problema es que en Jerez acostumbramos a hacer la guerra por separado y así nos va. El cartel estival de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento llega hasta donde llega con sus carencias y es incapaz de aglutinar a más público en todo el verano que muchos de los conciertos y ciclos que se anuncian a nuestro alrededor. La resignación parece obligada al son del 'esto es lo que hay', como si otro verano no fuese posible en Jerez. Y nada más lejos: poblaciones mucho más lejanas al mar anuncian festivales de primera. Aquí ni siquiera se aprovecha agosto para exhibir el mejor flamenco en lugar de exportarlo. Es como si se diera la partida por perdida y se apostara sólo por espectáculos en su mayoría de relleno para cubrir el expediente trufándolos con una procesión cada 15 días. ¿Y ya está? Las bodegas, como es costumbre, van cada una a la suyo. Ni en la Vendimia reman juntas. Entre otras razones porque nadie propone algo que les suponga también una oportunidad. Y aunque las exhibiciones de la Real Escuela de Arte Ecuestre son lo único que se puede salvar, no acabamos de sacarle todo el partido. Sería más rentable para todos trasladarlos a las ocho de la tarde para ganar reservas en restaurantes y hoteles. Los turistas serían los primeros en agradecerlo, ya que no tendrían que visitar la ciudad con 35 grados a la sombra. Si a los caballos bailando le unimos por la noche otro recital de altura, pocos visitantes que llenan las playas de la provincia se resistirían a pasar por Jerez. Ayudaría y mucho que nuestro patrimonio no se llevase los años con sus puertas cerradas al público: cuando no es San Dionisio son los Claustros o ahora Santiago. La teoría la conocen en Infantil, pero la ciudad mantiene su color pálido y su apatía en verano. Navega sin rumbo y parece que le importa tanto que desaparezca el Pendón como que el zoológico pierda su encanto o dejemos de volar a media Europa o que el paro dé un respiro o se acometa la rehabilitación en San Agustín. Los jerezanos en cualquier caso son los dueños de su futuro. No han de echar balones fuera y están obligados a hacerle saber con su presión a sus representantes que no les da igual que se hunda el centro o que cinco lustros después siga sin acometerse la variante Sur. Seremos el hazmerreír de las administraciones si no enseñamos los dientes cuando nos prometen un estatuto económico especial y toda una Ciudad del Flamenco para luego dejarnos en la estacada. Jerez no puede pasar de un extremo a otro por desidia. El que presumía de ser el mejor rincón del mundo para vivir, con la Sierra y la playa a tiro de piedra, hoy se recrea en su supuesta ruina. A este paso, si quiere recuperar la autoestima de los jerezanos, el Ayuntamiento tendrá que subvencionar un fin de semana fuera de casa para que valoremos más nuestra ciudad. Increíble.

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