Víctor J. Vázquez

Alegría

Monticello

Si un napolitano está alegre paga su café y deja otro pagado en suspenso, para que algún día alguien lo beba

06 de marzo 2023 - 01:32

Aquellos días en Nápoles llevan el sello de la bellísima Antonella, nuestra anfitriona y la novia, por aquel entonces, de mi viejo amigo, no menos bello, Alessandro. Fue al poco de que llegara yo a la ciudad del Vesubio cuando, tras una apasionada discusión conyugal y no sin cierto motivo, Antonella decidió cortar con unas tijeras todos los trajes de chaqueta de su presumido enamorado. Hija de sastre, como era, no necesitó más de dos precisos cortes por traje para dejarlos descuartizados e inservibles. Aquel noviazgo a la italiana terminó en ese momento inolvidable y sublime, pero, Antonella, una dama del sur, no me echó de su casa. Otra suerte corrió, claro, Alessandro. Tampoco me dio ninguna explicación sobre lo ocurrido. Supuso, seguramente, que cualquier español que merezca el adjetivo viene aprendido de casa y sabe que lo barroco, lo sensual y lo católico, no es ajeno, en la latitud meridional, a cierta tensión dramática.

Hay quien imputa a Goethe la expresión Vedi Napoli e dopo morire. Otros sostienen que es autóctona. En todo caso, a lo que ésta apela no es a la muerte sino al renacer cotidiano que, tras el peaje de la melancolía, ofrece la ciudad si la respiras y miras en su radical belleza. Una mañana, después de un largo paseo por el puerto, y algo desahogada ya de las cosas del amor romántico, Antonella hizo un alto para tomar un café al sol, durante el que apenas habló. Se levantó a pagar y al poco escuché del camarero un grito alto y grave que decía ¡Caffé Sospeso!, recibido con un ¡bravo! por los parroquianos presentes. Ante mi desconcierto, Antonella me explicó que si un napolitano está alegre paga su café y deja otro pagado en suspenso, para que algún día alguien lo beba. El Caffé Sospeso no nace así de la piedad, que es siempre patética y algo vanidosa, sino de una alegría repentina que, desbordante, resulta caritativa por inercia. Ungaretti, en el que dicen es el poema más corto de la literatura italiana, define esta alegría con dos versos: M'illumino / d'inmense. Jorge Guillén, nuestro Ungaretti, habla de una alegría entrañada, que se respira, y que nos supera, nos asombra y se nos impone. Y escribo todo esto, apreciado lector, porque quiero enviarle esta columna a Alessandro, por Antonella y por los viejos tiempos, y porque en Sevilla el cielo ya está azul furioso y a todos nos interpela el interrogante de la canción napolitana: E primmavera nun sentite 'e vvoce? Ma vuje, core 'mpietto, ne tenite? (¿No oyes las voces de la primavera? ¿Pero tienes un corazón en el pecho?)

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