Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Alguien tendrá que contarlo

Algún día los historiadores tendrán que contar -los periodistas nos dedicamos a reflejar los instantes y eso es otra cosa- qué pasó en España para que en 2011, cuando Rajoy llegó a la Moncloa, los independentistas en Cataluña fueran cuatro y el del tambor y cuando se fue, este 2018, el país tuviera encima de la mesa el mayor problema político de su historia reciente, sin visos de solución. Los mismos u otros historiadores deberán analizar cuánto tuvo que ver en la generación de ese problema el hecho de que se descubriera que la autonomía catalana, sus gobernantes nacionalistas, actuaba sobre un basurero en el que toda corrupción tenía su asiento, desde el famoso 3% hasta el funcionamiento de los Pujol, familia en la acepción mafiosa del término, con procedimientos que harían palidecer de envidia a los Corleone creados por Mario Puzo.

Pesaran más unas u otras razones, lo cierto es que los unos tirando de rojigualda para distraer de hemorragias que difícilmente podían taponar y los otros tratando de tapar sus muchas vergüenzas ayudaron a crear un monstruo que ahora a ver quién logra que vuelva a la cueva. Lo del nacionalismo burgués catalán pasando de ser el sostén de los gobiernos de Madrid a convertirse en agitador callejero es de los fenómenos más curiosos que se han registrado en España en lo que llevamos de siglo. La medida de la degeneración es la que va de un Pujol a un Quim Torra, dejando en medio a un Artur Mas y a un Puigdemont. El actual presidente de la Generalitat no pasaría el filtro intelectual de una tertulia de mesa de dominó en un casino de tercera y sus antecesores inmediatos tampoco darían para mucho más. ¿Dónde está esa burguesía catalana que llevaba varias cabezas de ventaja al resto de España en modernidad, europeísmo y seny? ¿De verdad que ahora su referente político es el tal Torra? ¿En eso han quedado una vez que han salido a la luz las tramas corruptas con las que se tapaban?

Por seguir en parecida línea, también podríamos preguntarnos por cuándo va a a haber un Gobierno en España que trate esta cuestión con realismo y pragmatismo, sin envolverse en banderas o mandar guardias con la porra, pero tampoco sin contemporizar con la ilegalidad ni alimentar la sedición. Hemos llegado a una situación en la que las soluciones quedan lejos, al final de un laberinto endiablado. Algún día alguien tendrá que contarlo.

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