TIENE QUE LLOVER

Antonio Reyes

Animal herido

Siempre se ha dicho que no hay peor enemigo que un animal herido o acorralado. Cuando un animalito pacífico, bondadoso, se siente atacado o percibe que su espacio vital se reduce al mínimo, saca las garras, afila dientes y colmillos, y comienza el más voraz de los ataques contra aquel que osa poner en peligro su vida.

Viene a colación esta entradilla naturalista porque creo que estamos rodeados de "animales" en estado de desesperación, y que más de uno ha comenzado con todas sus fuerzas a decir que hasta aquí hemos llegado. El primero de ellos, la naturaleza.

Lo que está pasando con nuestra madre naturaleza no es normal. En poco tiempo, en muy poco, las catástrofes, una tras otra, han ido tomando el relevo y nos han dejado un reguero de destrucción y muerte. Primero fue el terremoto de Haití, luego el tremendo temporal que sufrió la isla de Madeira, este fin de semana el terremoto de Chile. Ruina, desolación, miles de personas sin hogar, y todo en cuestión de segundos, sin una mínima posibilidad de salvación.

Y no se trata solo de estos ejemplos extremos. Entre nosotros, sin ir más lejos, en estos dos últimos meses y medio hemos vivido los efectos del peor invierno que recordamos. Las lluvias, en una zona plácida en la que las precipitaciones siempre fueron un don divino, se han convertido en compañeras inseparables dejando a su paso inundaciones, pérdidas de bienes, carreteras y vías férreas cortadas, en definitiva, lo nunca visto por estos pagos. Todo parece indicar que el más poderoso de los animales que habita el universo, la naturaleza, acorralada ante tanto desmán, ante tanta falta de respeto, ante tantísima irracional explotación de sus recursos, ha decidido vengar su honor. Hay quien llama a esta venganza cambio climático. Otros ven detrás de ella el dedo justiciero del cielo, al modo que ocurriera en Sodoma y Gomorra. Lo único cierto es que la naturaleza, herida, ha comenzado su defensa. Y esto solo es la punta del iceberg. Tras la desolación, viene la evaluación y la cuantificación, el enorme costo que los daños han producido. El cabreo de la naturaleza tiene unos efectos económicos, máxime en tiempos de crisis, aún más perversos.

Pero lo peor del caso es que, si damos un vistazo a nuestro alrededor, podemos encontrar decenas, cientos de animales heridos. Se trata de animales racionales a los que un maltrecho sistema económico ha arrinconado en el paro y en la miseria, y a los que un perverso sistema político ha condenado a la pérdida de sus derechos de ciudadanía. Siempre fueron "animales" dóciles dispuestos a subirse al podio o a levantar una frágil patita al son de los dictados de los domadores públicos. Máxime en esta tierra nuestra en la que en estos días conmemoramos los treinta años de autonomía. Estos animales racionales parecen dispuestos, aquí, a afilar sus garras y a acorralar a tanto domador público instalado en la poltrona del poder desde hace más de tres décadas. También para nuestra decadente y eterna clase política, no hay peor enemigo que un animal herido.

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