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Un cráneo descubierto en Grecia, en la cueva de Apidima, ha resultado ser un homo sapiens de más de doscientos mil años de antigüedad. Asunto este de grave y misteriosa enjundia, por cuanto se supone que el homo sapiens no llega a Europa hasta mucho más tarde, hace cuarenta mil años, con tiempo apenas para convivir con nuestros malogrados primos evolutivos, los neanderthales. El cráneo -el fragmento de cráneo, para ser más exactos-, ha sido bautizado como Apidima 1, mientras que Apidima 2 es el cráneo de un neandertal posterior, aparecido en la misma cueva, y que viene a corroborar algo que ya sabíamos desde antiguo: la convivencia y aun la mezcla entre sapiens y neanderthales, de los que heredamos, no su abultada fealdad, pero sí algunas defensas y anticuerpos contra los virus.

Estos sapiens, pobladores tempranos de la Hélade, venían del Oriente Próximo; vale decir, del Oriente ribereño, de esa tierra ardiente y pastoril que sale retratada en el Antiguo Testamento. Todo lo cual implica, no sólo la proximidad entre la realidad y el mito, entre la paleontología y el doble acervo cultural, la Antigüedad pagana y el Pentateuco, que se encuentra en el origen de Europa. Este hallazgo implica otra cuestión mayor, de la que aún no estamos convencidos: la impureza inicial, la milenaria mezcla de que somos fruto. Un fruto refinado, precisamente, por esa inagotable urdimbre, muy anterior a lo que se pensaba, y que no ha hecho sino perfeccionar esa extraña máquina, de infinita ductilidad, a la que llamamos hombre. Acaso no sepamos nunca cuáles fueron las fallas, las carencias, las adversidades climáticas que sumieron a la especie Neanderthal en una noche definitiva. Sí sabemos, no obstante, que la pureza racial que soñó la ciencia del XIX no fue sino un ardid que encubría, que albergaba en su seno un imposible adanismo. A este hijo tembloroso y púdico de la Europa industrial se le conoció de muchos modos, el más inocuo de los cuales acaso sean las grandes Exposiciones internacionales, albergadas bajo palacios de cristal, donde se exhibían hermosas y anticuadas muestras de pintoresquismo.

De ese oscuro sueño ha salido también don Carles Viver y Pi Sunyer, antiguo vicepresidente del Constitucional, que pretendía "repatriar" a los funcionarios no nacidos en Cataluña, cuando se implantara su República. Es decir que, de una manera radical, y un tanto pintoresca, don Carles se cree un eslabón intocado, un purísimo vestigio, previo a Apidima 1.

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