la tribuna

León Lasa

Atrapados en la red

PASADO.- ¿Quién sabe hoy de memoria más de dos o tres números de teléfonos? ¿Qué tragedia puede acontecer si, de viaje por Praga y Budapest (los Torremolinos y Matalascañas de hoy), perdemos nuestro teléfono móvil? ¿A quién podríamos avisar? La mayoría de nosotros a nadie. La digitalización, esa revolución tan alabada, nos ha permitido que ya no tecleemos números de teléfonos, sino que pulsemos un nombre, un botón. Una muestra entre muchas -fechas de cumpleaños, citas con el médico...- de que estamos abandonando a marchas forzadas el ejercicio de la memoria, además del pensamiento reflexivo o profundo. Pero esto no es nuevo. O así parece. Hace más de dos mil años, cuando comenzaba a gestarse la primera de las tres revoluciones culturales que han cambiado el mundo (luego vendría la imprenta y estamos sumergidos en la digital-informática), Platón, en su Diálogo Fedro, hace debatir a Sócrates y a su amigo sobre las ventajas e inconvenientes de la oratoria y de la palabra escrita. Sócrates recuerda que un rey de Egipto, Thamos, señalaba al respecto que aquella, la escritura, "no es una receta para la memoria, sino un recordatorio y no es mera sabiduría lo que ofrecerás a tus discípulos, sino su apariencia". Y continúa: quienes se basen en la lectura para su conocimiento "parecerá que saben mucho, pero la mayoría de ellos no sabrán nada". Con la escritura, termina, abandonamos la memoria.

Presente.- Cuando a mediados del siglo XV el orfebre alemán Gutenberg inventó la imprenta, muchos coetáneos vieron en ello la mano del diablo, aunque uno de los primeros servicios que el artilugio prestó fuera, precisamente, la impresión de indulgencias para la Iglesia. Durante todo este periodo de tiempo, desde el siglo XV hasta finales del siglo XX, hemos vivido en un mundo en el que la lectura lineal, la reflexión sosegada que iba pareja con aquella, ha dominado las aspiraciones educativas de las sociedades más desarrolladas. Hasta hoy. En un libro relativamente reciente -What the Internet is doing with our brains: The Shallows; publicado hace unos meses en español- y de gran éxito en los países de habla inglesa, Nicholas Carr describe un panorama verdaderamente inquietante sobre los efectos que internet está teniendo no sólo en nuestras mentes o actitudes sino en la concepción de la vida en general, tal y como la hemos conocido hasta ahora. Carr cita un gran número de experimentos y de estudios para llegar a la conclusión que cualquier persona que no sea un nativo digital puede alcanzar: internet, con su accesibilidad cada día mayor, con su ubicuidad creciente, con su infinita oferta y tentación, hará del lenguaje impreso o digital -y, muy especialmente, de todo lo que ello conlleva- una reliquia parecida a la de los papiros egipcios. La capacidad de leer libros, sea en el formato que sea, desaparecerá.

Futuro.- Atrás, muy atrás, quedaron los años en que únicamente era posible navegar por internet unas horas a la semana y únicamente desde un ordenador fijo. Hoy internet es accesible 24 horas al día, prácticamente en cualquier lugar y a través de artilugios más pequeños que una cajetilla de tabaco. El mismo Carr señala que, para escribir su libro, para volver a ser capaz de concentrarse durante horas sin la excitación continua de leer de nuevo el titular del periódico, las cotizaciones bursátiles, el último email recibido, el tiempo que hace en Moscú o Río Gallegos, etcétera no tuvo más remedio que restringir al máximo su propio acceso a internet cancelando direcciones de correo, redes sociales y demás zarandajas que no hacen sino estimular la dispersión constante, la superficialidad. Porque, se diga lo que se diga, ya no se lee. K. Hayles, profesora de literatura de la Universidad de Duke lo dice sin tapujos: "ya no consigo que mis alumnos lean libros enteros". El tiempo dedicado a internet y, en menor medida, a la televisión, crece año tras año en detrimento de la lectura. Y la lectura digital en e-books y otros aparatos, con sus llamadas persistentes a la distracción on line, no tiene -según demuestra Carr en su libro- nada que ver con la lectura pausada de antaño. Porque internet no es solamente una herramienta, sino, como preconizó McLuhan, un medio que está cambiando nuestras mentes. Hemos diseñados los ordenadores, sí, pero ahora ellos nos están diseñando a nosotros. "Tengo mejores cosas que hacer que leer un libro", me espetó mi hijo hace poco. Más útiles, quiso decir. Para el futuro que se nos viene encima probablemente no le falte razón. Con humanos cada vez menos proclives a la reflexión y máquinas más y más inteligentes, el híbrido de ambos, el cyborg, una especie de HAL, está a la vuelta de la esquina.

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