Se abrieron las urnas y debería cerrarse este larguísimo proceso electoral. Estamos en tiempos donde mandan más los envases que sus contenidos, hasta el punto que el uso técnicamente adecuado de los medios de comunicación consigue que quien haya recibido un verdadero varapalo electoral en vez de transmitirnos su pesar, en el mejor de los casos una honesta cara de sorpresa, se presente ante nosotros como héroe tras la batalla. Este efectismo estudiado es el único que explica que un partido como el PP que ha perdido por 12 puntos en las Elecciones Europeas ande dando lecciones de estrategias, estrategias que se sostienen en la muleta de la ultraderecha, o lo que es lo mismo por elevar el tono de crispación, la intolerancia, la confrontación social y territorial, justo lo contrario que necesitamos como país.

Bajando de ramas tan altas, en Jerez, el gobierno municipal y su partido han saldado estas elecciones con algo más que dignidad, pasan el 24 al 32 por ciento. Es cierto, también, que la derecha, el tripartito que no pudo ser, mantiene niveles de apoyo similares a los de 2015, como tampoco se puede escapar que aunque el PP celebre su no extinción ha sufrido un duro reproche ciudadano bajando del 34 al 28 por ciento. Mención aparte merece, fruto de mal gusto para el que escribe, el descalabro de las izquierdas. Han pasado de dar lecciones desde el cielo a toparse con el suelo que el resto de los mortales pisamos; 8.000 votos menos, en conjunto, hacen que no baste la autocrítica como coartada. Es más sencillo, basta con aparatarse del camino permitiendo la regeneración de necesarias alternativas sociales, abriendo la posibilidad de acuerdos políticos estables de legislatura, pactos abiertos y transversales en los grandes temas, es la vida de la gente la que está en juego.

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