De nuevo el surrealismo reinante me hace dedicar la quincenal columna a los esquivos acontecimientos que uno va encontrándose. Fui el otro día a un entierro. Hasta hace unos años, uno rara vez tenía que cumplir con la sagrada encomienda de acompañar a un amigo en ese sentimiento amargo de despedir a un ser querido. Para ello estaban tus padres que se encargaban de llegar hasta los dolientes de parte de toda la familia. Es esta una señal inequívoca -otra más- de que eres mayor. Lo cierto es que, cada vez con más frecuencia, tienes que ir al templo de Tánatos. Menos mal que sigue uno yendo por sí mismo y no en la forzada horizontalidad de un cajón. Asistía al funeral de un buen hombre que se marchó dejando un profundo rastro de dolor. La iglesia estaba a rebosar como correspondía al recuerdo de aquel que tan bueno había sido en vida y que tanta huella dejó en su familia y en sus amigos. Cuando el sacerdote ejercía su sagrado ministerio, cuando más denso era el silencio, cuando sobre las naves del templo se cernía el espeso dolor por el que estaba de cuerpo presente, una chirriante canción, atronó en el silente discurrir de la ceremonia: "¿Por qué has pintao tus ojeras, la flor del lirio real; por qué te has puesto de seda? ¡Ay, Campanera..." Transcribo la letra porque la señora dueña del móvil, llevada por lo sagrado de la liturgia y su manifiesta poquísima habilidad para manejar el aparatito, no conseguía quitar el sonido y varias veces tuvimos que oír la voz estridente de Joselito cantando la copla a la que puso música el maestro Genaro Monreal. Ante la sonrisa general, muchos se echaron la mano al bolsillo para poner el móvil en perfecto estado 'sin sonido'. Miré a mi alrededor y los letreros de APAGUEN EL MÓVIL compartían las paredes con las imágenes de las estaciones del Vía Crucis. La técnica no respeta ni los sagrados ritos.

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