Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, marzo de 1970: León Manjón, Romero Coloma y el Parque de la Serrana
EN vacaciones me voy a Jerez a pasar unos días con mi tía Ana y es estupendo porque la casa de tita Ana es una casa muy grande y alargada como un barco. Tiene una galería de cristales con el suelo de lozas blancas y negras que siempre hacen ruido cuando las piso, y que me hacen mirar para atrás para ver si alguien me coge. Tiene un patinillo oscuro y un patio en la entrada con escaleras de granito.
La casa de tita Ana está en la calle de las Naranjas, en el barrio de San Pedro. Y el barrio es estupendo porque hay muchas tiendas que venden de todo lo que mi tía puede necesitar.
En la calle Bizcocheros está el bazar Bizcocheros que hace esquina con la Iglesia de San Pedro y es una tienda muy antigua y muy aburrida. Tiene vitrinas con cristalerías y vasos, y con un largo mostrador de madera, que se abre para que puedan salir los dependientes. Enfrente está la sastrería de los Otero. Y enfrente de las niñas del Refino está Bolsos Pestana. Para mi merienda mi tía compra el pan bombón envuelto en papel de seda con letras impresas rojas en las Marías.
Tita Ana me da todos los días una peseta y pego una carrera por el callejón de Las Ánimas y voy a gastármela a las Marías o a Caramelos Ríos en la calle Caracuel que tiene el olor más rico del barrio. Y si junto un poco más de dinero me compro una cajita de pastillas Juanolas en la farmacia. Pero nunca tengo paciencia y me gasto la peseta en cuanto la cojo.
Lo más lejos que puedo llegar sola es hasta el almacén de Andrade porque no me dejan cruzar la calle Doctrina. Pero hasta el almacén de Andrade llega el olor de manteca colorá de la carnicería de la calle Bizcocheros. Delante de un espejo inclinado despacha a montones de mujeres, un carnicero gigante. Si quiero ir a la Holandesa a por dulces siempre tengo que ir con alguien mayor.
Cuando llego a las Marías doy con la peseta en el cristal del mostrador y aparece para despacharme una de las mujeres de dentro, vestida de negro y arrastrando las babuchas, también negras. Despacio, cuenta las barritas de regaliz una a una, sin prisa ninguna. Es terrible. Prefiero comprarme un chicle que me lo despachan antes, y dura todo lo que quieras porque se puede guardar en una taza para el día siguiente.
Si voy a Caramelos Ríos en la Calle Caracuel, que tiene el olor más rico de todo el barrio, la que tarda en comprar soy yo porque me quedo pasmada delante de los tarros de cristal, redondos y apilados, llenos de caramelos de todas las clases y colores.
Al final de la calle Caracuel está el cine Jerezano y es estupendo cuando vamos al cine de verano con las primas y comemos montañas de pipas. Y allí nos encontramos con gente del barrio, y resulta que el carnicero gigante cuando sale del mostrador de la carnicería es muy bajito y su mujer es más alta que él.
Cuando vuelvo a La Pinaleta solo puedo comprar en la tienda de Angelita, pero no me importa porque en el campo nunca tengo tanto dinero para gastar como tengo en Jerez.
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