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Blancos

Las lecturas perversas no niegan todo lo que la tradición humanista ha aportado a nuestro mundo

Al hilo de la descolonización, el movimiento de los derechos civiles, el auge de los estudios culturales y en general la mayor conciencia de la discriminación racial, cultural y política por parte de las antiguas metrópolis -o de la población de origen europeo frente a indígenas, mestizos o minorías de otros continentes, en los estados en los que estos últimos han estado tradicionalmente excluidos del poder e incluso de la ciudadanía plena-, académicos de distintas disciplinas, especialmente en Estados Unidos y Latinoamérica, se han dedicado a analizar el modo en que los privilegios y los prejuicios de las clases dominantes condicionaban la estructura de las sociedades donde el color de la piel predeterminaba la posición de manera tácita o expresa. A ellos se debe la acuñación del término blanquitud, un neologismo que no figura en el DRAE pero parece formado por analogía con el opuesto negritud y se corresponde con lo que los ingleses llaman whiteness y los franceses blanchité o blanchitude. En Europa, donde por lo demás también han proliferado estas líneas de investigación, es habitual referirse a tales estudios en términos desdeñosos o abiertamente despectivos, en parte y no sin motivo porque suelen usar de una jerga altamente ideologizada, pero ese menosprecio, que a veces es también ideológico, tiene algo de incapacidad para entender la secular humillación de comunidades y pueblos enteros que necesitan herramientas para abordar tanto su propio pasado como un presente en el que persisten o se agravan los conflictos y las desigualdades. Como concepto, sin embargo, la blanquitud tiene unos contornos difusos que no admiten la generalización -sólo los fanáticos supremacistas hablan de la raza blanca- ni pueden aplicarse con propiedad a tiempos anteriores a la formulación seudocientífica del racismo, producto típico del XIX cuyos precedentes tienen una base más religiosa que étnica. En ese sentido, yerran quienes hablan dedesblanquear el legado de Occidente, una formidable suma de conocimientos y sensibilidades que proceden de muchas partes del mundo y han dado frutos más o menos híbridos en muchas otras, hasta adquirir una dimensión universal y por completo ajena a las falsificaciones interesadas. Podemos estudiar, por ejemplo, en la estela del gran Luciano Canfora o de Johann Chapoutot, la lectura perversa que hicieron los fascismos de la Antigüedad grecolatina, o el modo en que los clásicos fueron utilizados para justificar la esclavitud o la mentalidad imperialista, pero esas apropiaciones, tan clarificadoras, no niegan todo lo que la tradición humanista ha aportado a los fundamentos de nuestro mundo.

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