Su propio afán

Caballero de la Orden

Una medalla más propia se habría colgado Pablo Iglesias de renunciar a la cruz

El otorgamiento a Pablo Iglesias de la cruz (¡cruz!) de la Real (¡real!) y Muy Distinguida (¡distinguida!) Orden (¡etc.!) de Carlos III, que tiene el lema Virtuti et merito (ejem, ejem) y que se acoge a la advocación de la Virgen Inmaculada, ha dado pie a muchos chascarrillos. Como se hizo público en el BOE el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, nos entró la duda.

¿Era necesario? Se sabe que los políticos acostumbran a condecorarse en cuanto salen del Gobierno, además de autoaplaudirse mientras trajinan en él, pero lo cierto es que en este caso podrían haberse andado con más tiento. ¿Verdaderamente Iglesias estuvo en el Gobierno? Pasaba por allí, sí, pero casi como opositor empotrado. Su gestión no fue brillante. Le dio tiempo a ver muchas series.

Pero demos por bueno que estuvo. ¿No podría haber renunciado en un alarde de convicciones republicanas? Se cuenta de monárquicos que han rechazado la Legión de Honor francesa. Thomas Piketty, más afín a Iglesias, también ha rechazado los honores legionarios, por demasiado burgueses.

En España, republicanos que han renunciado a un título hay a puñados. Pablo Iglesias con un desplante de ese tenor se habría puesto una medalla más suya.

Hay quien sospecha que todo es un complot para desprestigiar a la Corona y sus instituciones aparejadas. Ciertamente, la fecha de la concesión escama.

Pero lo feo es la cantidad de premios, prebendas y privilegios que los políticos se autoconceden o los que otorgan, por razones políticas, a los más activistas de los suyos. Son tics de casta. Justo lo que denunciaba en su momento Iglesias. Resultaría muy ilustrativo comparar el número de políticos con las más altas condecoraciones del Estado con la proporción en otras profesiones. Siendo ellos los que conceden los premios, la gran cruz la tenemos los ciudadanos y la de ellos es la de Narciso.

Una sociedad sana tiene que tener, junto a un sistema penal que persiga los delitos, un sistema honorífico que premie el mérito, proponga un modelo de virtud e incite a la emulación. Aquí, en lo tocante al reconocimiento, hemos llegado a asumir la perplejidad de Nicolás Gómez Dávila: "Increíble que los honores enorgullezcan a quienes saben con quienes lo comparten". Si todavía no hemos alcanzado el nivel soviético de considerar que el lugar de los hombres honrados es la cárcel, estamos ya en que el anonimato es casi un sinónimo de la dignidad.

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