Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
APROVECHANDO que ya llegó el verano y ya llegó la fruta nos vamos a ir de viaje. En esta ocasión marcharemos a Galicia, región hermosa y bizarra a partes iguales. Nos adentraremos en una tierra mágica para hacer un recorrido muy personal y apartado de los estereotipos galaicos. Olvídense de oler los efluvios del botafumeiro y de comer percebes como carallos de ome. No pasearemos por la plaza de María Pita ni visitaremos una destilería clandestina. Dejen a un lado los tópicos y acompáñenme a un lugar fascinante donde ni tocaremos la gaita ni bailaremos muñeiras. No habrá gallegos en la luna ni nadie nos contestará con una pregunta. No iremos a un mundo de gañanes ultraconservadores lleno de vacas y cacas de vaca, no pisaremos minifundios, ni recolectaremos castañas. No raparemos bestias. No temblaremos ante las meigas ni seremos abducidos por la Santa Compaña. Galicia es mucho más que aguardiente, mejillones, queso de tetilla y tarta de Santiago.
Galicia es un lugar donde la belleza se mide en las infinitas tonalidades del gris de su cielo, un país cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos, un mundo en el que el mar vive un romance perpetuo y tormentoso con la tierra. Galicia es el punto en el que la gastronomía es una de las bellas artes y los árboles cuentan historias arcanas. Ciudades feas llenas de encanto, pueblos preciosos de infinita tristeza, millones de leyendas…
Les invito a coger el avión para aterrizar en algún aeropuerto plantado sobre una montaña en la que nunca se disipa la niebla para después vagar por caminos y veredas, a partirse de risa con los chistes de los gallegos, a sentir cómo sopla el viento. Les invito a entonar conmigo un canto a Galicia.
Había salido el sol en la Costa de la Muerte y decidimos marchar al Fin del Mundo. Mis compañeros de viaje (todos gallegos) se habían levantado ese día especialmente locuaces y no pararon de hablar desde que salimos de Muxía.
-Todo el mundo va a Fisterra pero nadie a Touriñán. Nadie sabe que Touriñán es el punto más occidental de España, no Fisterra, pero claro, el nombre hace mucho…
Poco a poco me fui embotando con tanta palabrería. Oía frases inconexas mientras observaba cómo volaban los eucaliptos. Naufragios, contaminación, muerte. Conceptos horribles que aparecían y desaparecían, como los bueyes a los lados de la carretera.
De repente enfilamos la costa y el bosque dejó de existir. La tierra huía hacia el mar vestida de un verde irreal. Por un sendero ascendía una anciana cargada de forraje. El viento batía su figura negra, como si fuese un elemento más del paisaje. En ese momento me quedé sordo mirando a la vieja. Haberlas haylas. Surgida de la nada y rumbo a ninguna parte. Miles de años de pie, soportando el rigor de los elementos. Quizás fuera la personificación de Galicia que salía a recibirme al final del camino. Quizás fuera La Parca, aunque no le vi la guadaña.
Cientos de verdes a cada instante cambiados por la mano del aire. Brillantes y apagados. Del gris al amarillo, del azul al pardo. Todos los colores custodiados por la dama negra. Rumbo al infinito. El eterno desasosiego.
Mientras, avanzábamos hacia el extremo. Los loros galaicos que me acompañaban exaltaban las bondades del clima en ese día de mayo, recordando jornadas catastróficas. Recitaban los nombres de los petroleros, como si se tratase de una letanía. Ruina cíclica.
-….y estuvimos en la playa semanas limpiando restos.
-¿Te acuerdas cuando conocimos a aquellas cuatro que venían de …?
Volví a salir de la Galicia profana cuando alcanzamos la orilla del mar. La tierra, el océano y el aire se encuentran aquí librando una batalla perpetua. La tierra clava sus zarpas en el mar y corta el aire con riscos afilados. El mar golpea con rabia la tierra y salta intentando acabar con el aire. El aire desgasta la roca y vuelve loco al mar con sus movimientos. El hombre sólo puede venir aquí a encontrar la muerte. Dos tristes faros son los encargados de certificar la defunción. Sol pálido. Azul profundo. Furia desatada. El viento me empuja de vuelta. El mar ruge. La tierra se inclina para que no podamos estar parados. No quieren espectadores.
Las ráfagas de aire apenas si me dejaban oír a mis amigos, que seguían contando historias de la Galicia Eterna…
-Hasta ahí bajan los percebeiros, porque los mejores percebes son los que están en el lugar donde baten las olas. Pero hay que tener cuidado porque cuando está la marea… Acuérdate de aquel percebeiro de Porto do Son, el pobre acabó ahogado…
Breaking the waves. Otra vez muerte, ruina y desgracias. Una auténtica obsesión en la tierra de los mil verdes. Lo único en lo que se puede pensar en Touriñán, frente al vacío absoluto.
Y mientras ellos charlaban, yo seguí durante siglos mirando cómo brotaba la hermosa espuma del mar. En ella no chapotearían los niños. De ella no nacería Venus, la diosa del Amor. En ella sólo había seres malignos, sirenas perversas. Esta espuma estaba formada por las lágrimas de un pueblo que, de cuando en cuando, se entretiene en venir a Touriñán a jugar con la muerte.
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