Tierra de nadie

ALBERTO NÚÑEZ SEOANE

Campeón de campeones

Campeón de campeones

Campeón de campeones

Empecé a escribir el que iba a ser este artículo y me fui por los cerros de Úbeda. Cuando me di cuenta, en lugar de ‘hablarles’ de lo que pretendía, me hallé filosofando sobre Sartre, humanismo y existencialismo… Lo dejé, claro, para otra mejor ocasión y volví a empezar, desde el principio, tratando, esta vez, de que no se me fuese el santo al cielo.

Leí la noticia, que no debería serlo, en la prensa –tengo la sana costumbre de seguir leyendo el periódico todos los días-, me paré a pensar –tengo, también, la saludable manía de pararme a pensar, cuando puedo y cuando no también- en lo destacable que hoy resulta el hecho de que un triunfador, de éxito temprano, pronta fortuna y fama reconocida, y merecida, se ‘atreva’ –por desgracia, hay que decirlo así- a manifestar públicamente, sin reparos ni endebleces, su opinión sincera y sus verdaderos sentimientos cuando estos son contrarios a muchos de los que le rodean. Por eso, el hecho ha sido ‘noticia’, por eso se enfatiza en los medios de comunicación, cuando el objeto de nuestro interés debiera ser justamente el contrario: la hipocresía del mezquino, en tanto que supone una señal de alarma del advenimiento de un peligro latente capaz de corromper los más sólidos cimientos de cualquier grupo humano, de cualquier sociedad.

Marc Márquez, nuestro campeón, es uno de esos escasos ejemplos. Una persona fiel a sus principios, coherente, cabal… Cuando lo fácil hubiese sido seguir la corriente al populacho, gritón, salvaje y soez; cuando lo más sencillo sería dejarse llevar por la corriente, enfermiza y pestilente, de las masas enloquecidas y manipuladas; él, dice no.

Aunque pueda no parecerlo, es su tierra, muchos de ellos eran su gente, es su historia: la de todo un pueblo grande, la de una gran nación. En estos días, grises y tristes, en los que hemos de compartir nuestro tiempo, siempre escaso y siempre valioso, con los que amparan y propagan credos fascistas, con los que defienden y fomentan la represión de todo aquel que no piense como ellos, con los que en nombre de una libertad, a la que han metido a puta en el más mugriento de los burdeles de carretera, amenazan, insultan, someten y agreden a quien defiende, siente y ama a España ; es un soplo de aire fresco y puro, una bocanada de brisa libre y azul, la que nos llega, tal vez para ayudarnos a creer que no todo está aún perdido, desde corazón de este auténtico campeón, campeón en el más amplio y profundo sentido del término ¡Gracias Márquez!

Los ‘flautistas amarillos’ encerrados en prisiones, los acomodados en los sillones de un parlamento enmierdado por sus ofensas a la democracia, o los fugados en busca de un supuesto ‘amparo’ cobarde y ruin, tratan de emular a aquel de la fábula que, en Hamelín, presumía de poder arrastrar a las ratas, con los sones de su flauta, hasta el pozo en el que las haría desaparecer. Estos mequetrefes soberanistas tratan de hacer lo propio con las catervas de fundamentalistas intransigentes que se cubren bajo esa putrefacta mordaza a la que gustan de llamar ‘estelada’. La diferencia es que los instrumentos que plañen estos miserables suenan a difunto, a libertad castrada, a democracia muerta; y son las ‘ratas’, que danzan enfebrecidas al lúgubre compás de su fanatismo siniestro y vengativo, las que han decidido, por voluntad propia, arrojarse en brazos de su aberrante fascismo que, como siempre ha sucedido, sólo ha conseguido traer angustia, lágrimas y dolor, que sólo logrará instalar el odio, sembrar la revancha y el rencor, cosechar violencia y derramar sangre –antes o después sucederá- en las españolas tierras de Cataluña.

Marc Márquez, su actitud, es la vacuna contra tanta locura –lo demuestra con su ejemplo-, es el remedio contra un desatino que comenzó como tal y que puede acabar en tragedia. Resulta penoso, repito, que tenga que estar escribiendo esto, cuando ‘eso’ -la conducta de Márquez- debiera ser lo cotidiano, estar presente, de un modo u otro, cada día sin faltar uno, en la Cataluña que un puñado de nazis despreciables nos quieren robar.

Señor Márquez, sirvan estas líneas como testimonio sincero de mi admiración por su coraje, de mi agradecimiento por su determinación, de mi gratitud, como español paisano suyo –usted catalán, yo andaluz-, por su fortaleza honesta y cabal, llena de personalidad y sobrada de coherencia. Señor Márquez, es usted un campeón de campeones.

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