Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
LA plaza Belén es un gran vacío en medio de un Jerez muerto. Es como una colosal tumba abierta, profanada, sin venerables esqueletos ni ricos ajuares funerarios. Sin nada. Sólo la desolación más absoluta.
Una década lleva difunta. Paradojas de la vida (y de la política): estaba llamada a convertirse en abanderada de la revitalización del centro histórico y hoy tiene el triste honor de encabezar la perversa comitiva de la destrucción. Pero, no nos engañemos, su agonía fue lenta y dolorosa, resultado de dos siglos de degradación. Lejano queda ya el recuerdo del convento que dio nombre a esta plaza desde su fundación en 1648. El declive comenzaría con la expulsión de los frailes y su transformación en cárcel en 1837. Desde entonces se convirtió en una zona maldita y así siguió incluso con el cierre de la prisión en los años sesenta del pasado siglo. Un colegio ocupó su solar pero tuvo que convivir durante varias décadas con el ambiente sórdido de la aledaña calle Rompechapines. Luego, un derribo masivo y, al final, un ambicioso proyecto víctima de la crisis económica, la "Ciudad del Flamenco", que sólo ha creado una dañina especulación sobre muchas casas del entorno, abandonadas en espera de compradores. Un proyecto erróneo ya en su planteamiento de querer ser la solución a todos los males del centro a través de un edificio firmado por arquitectos prestigiosos, en vez de apostar por la rehabilitación de un caserío en ruinas, y a través del turismo como principal actividad económica, en vez de una deseable multifuncionalidad, que es la que otorga una vida real y no desnaturalizadora. Ahora nos dice el Ayuntamiento que idea una solución… provisional. Sólo nos queda, por tanto, maquillar el cadáver hasta que la putrefacción vuelva a apestar el ambiente.
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