En tránsito

Comisionistas

Nadie, hasta ahora, se ha atrevido a internarse en esa jungla indestructible que devora el dinero de los contribuyentes

En la Comedia humana de Balzac abundan los personajes despreciables que parecen haber surgido de un estercolero moral: el prestamista Gobseck o la prima Bette, por ejemplo, eran capaces de robar su mísera herencia a una huérfana o de falsificar un documento legal para estafar a una familia que vivía al borde de la indigencia. Pues bien, todo lo que sabemos de los comisionistas que se enriquecieron hinchando los precios de las mascarillas en los peores días de la pandemia nos remite a esos personajes siniestros de Balzac. Puede que no haya nada ilegal en lo que hicieron -dado el caos legal provocado por la emergencia sanitaria y la falta de control administrativo-, pero cuesta mucho entender que esta gente pueda irse de rositas. Balzac, que creía en alguna clase de castigo para sus personajes más inmundos, los hacía morir en el cuartucho de una pensión de mala muerte, aferrados a un puñado de pagarés y poderes notariales que ya no valían nada. Conociendo lo que suele ocurrir en nuestro país, lo más probable es que estos comisionistas repulsivos -que han actuado con todas las administraciones públicas, tanto de derechas como de izquierdas- acaben yéndose tranquilamente a su casa sin sufrir grandes aprietos. Ojalá me equivoque, pero todo nos indica que no les pasará nada y que pronto seguirán dedicándose a sus actividades, que ellos llaman "negocios de emprendedores" de igual modo que las personas obesas suelen calificarse de "robustas".

Y es normal que ocurra así. Estos días, un joven ingeniero -de nombre Jaime Gómez-Obregón- se ha dedicado a publicar en Twitter todas las trampas burocráticas (y la descarada ocultación de datos) que nos impiden conocer el destino real de los contratos y de las subvenciones concedidas por esa jungla burocrática que aquí llamamos Administración General del Estado (en todos sus niveles: local, autonómico y estatal). Lo bueno del caso es que nadie, hasta ahora, se había atrevido a internarse en esa jungla indestructible que devora el dinero de los contribuyentes, y eso que vivimos en el país de la transparencia y la rendición de cuentas. En España hay más profesores universitarios que en toda la galaxia, pero ha tenido que ser un hacker que actúa por libre quien intente adivinar lo que pasa con nuestro dinero. Ya han amenazado con tumbarle la cuenta.

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