La columna

Bernardo Palomo

Conservar la rica historia

No me resisto a realizar un comentario más sobre algunos aspectos de la pasada Semana Santa. El buen tiempo ha contribuido a que todo haya sido perfecto para la maltrecha economía de la ciudad. Sin embargo, bastante qué desear en cuanto a lo meramente cofradiero. Por mucho que usted haya oído de voces interesadas, se han dado muchos episodios dignos de ser encerrados en los más oscuros rincones de los templos. Para muestra, algunos ejemplos: muchos de los que se ponen delante de los pasos vestidos de negro merecen ser olvidados cuanto antes; sus patéticos desarrollos verbales hacen sonrojar, sus imposturas aprendidas de oídas de, también, pobres ilusionantes de nada, sólo mueven, ya, a la risa; lo malo es que, a veces, sus desafortunadas acciones atentan contra un patrimonio del que ellos no saben ni sienten su valor. Claro que la culpa la tienen los dirigentes de las hermandades cuyo desconocimiento es más que patente y ponen su confianza en sujetos tan poco convenientes. Y dónde me dejan ustedes la imagen de ese costalerito con camiseta de tirantes mirando hacia arriba porque su pobreza de mente ha velado su mirada según han visto o le han contado que hacen otros - tan estúpidos como ellos - en otra localidad de la que se copia hasta las tonterías de los burdos majaderos. Hay mucho que desterrar por sonrojante y hasta vergonzante. La Semana Santa es un patrimonio legado que no puede ser dejado en manos de cualquiera; es un cúmulo de muchísimos aspectos a los que, primero hay que respetar, después valorar y, siempre, conservar y mejorar. Tantos patéticos desinformados no pueden ser protagonistas ni empañar tan bella historia.

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