Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
RODOLFO Glaber fue un monje y cronista borgoñón que vivió entre los siglos X y XI, el tiempo de los delirios de la llegada del año 1000, que, aunque es verdad que los hubo, fueron de menor importancia de lo que se cree, acaso un poco más que los anuncios del fin del mundo de todos los tiempos hasta el día de hoy. Este monje dio que hablar y lo expulsaron de algún monasterio, pero ya pasados los temblores de la llegada del milenio escribió unas crónicas que publicadas en un periódico hoy parecerían escritas ayer. Dice que el amor al prójimo se ha enfriado, la maldad y la codicia se han apoderado de la humanidad y el alma está expuesta a graves peligros, la carestía empobrece al pueblo y lo empuja a la iniquidad, signos todos que presagian grandes desastres.
La humanidad ha sido siempre la misma, ni siquiera ha empeorado, y este tiempo en muchísimos aspectos es bastante mejor que otros, aunque no lo sea en la misma medida para todos. Las noticias sobre los enriquecimientos ilícitos aprovechándose de un cargo público se destacan tanto en la presa porque es ahora una manera indeseable de lucha política. Si no fuera así, tendrían sitio en las páginas de sucesos y solo en los casos más notables. Sin embargo, no se habla tanto de ponerle remedio al mal con buenas leyes y castigos ejemplares. Hay una hipocresía relativamente nueva en este tipo de noticias: quien se enriquece por medio de su cargo no parece tener conciencia de ser un delincuente y al pueblo le caen simpáticos los nuevos ricos, siempre que no se les añada ascenso social, porque les da ánimos para conseguir lo propio.
Hay quien encuentra en los grandes males consuelo para su pequeñez. Los pobres que no pasan necesidades elementales quieren ser ricos, sin conocer la utilidad de la riqueza más allá de la de adquirir cosas y presumir delante de sus primos todavía pobres. La democracia tiene algunas ventajas, la convivencia en paz entre las principales, pero tiene el gran inconveniente de que los pobres tienen acceso al poder. De un día para otro alguien ignorante, sin preparación para el mando ni moral para la administración de bienes ajenos, sin méritos adquiridos ni donados por la naturaleza, aparece con gobierno. Roma conjuró este peligro con ciertas exigencias para ser candidato y no consiguió erradicarlo, mientras que nosotros damos facilidades. El pueblo llano los envidia por su suerte y admira por su habilidad. Los tiempos de empobrecimiento hacen la fortuna de los despabilados y no hay pícaro tonto.
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