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Antonio Gallardo Y Antonio Gallardo (Junior)

Diálogos absurdos II

Daltonmanías

24 de octubre 2010 - 01:00

¡SEÑORITA, hay un muerto en su cama! -¡Qué me está usted diciendo, Martina..!¡No me dé usted esos sustos!

-¡Se lo juro por las cenizas de mi padre, señorita!

-¡Es increíble..! Entre usted de nuevo en el dormitorio y ¡dígale a ese muerto que se vaya!

-¿Pero cómo se va ir, señorita, si está muerto?

-¿Ha comprobado usted si respira, Martina?

-¡Yo qué voy a comprobar, señorita?¡Yo estoy aquí para limpiar el polvo!

-Pues límpiele usted el polvo al muerto mientras yo hablo con el hospital.

-¡Ay señorita, qué disgusto!

-Haga usted el favor de llorar menos, Martina. Al fin y al cabo no creo que ese muerto le toque mucho ni a usted ni a mí.

-¿Entonces cómo es que está muerto en su cama?

-Habrá entrado por la ventana, Martina.

-¡Ay, Jesús, qué cosas hay que oír..!

-¿Se ha fijado usted si el muerto es joven o es viejo? ¿Se parece a Cristiano Ronaldo o a Cayetano Rivera?

-¡Qué más quisiéramos usted y yo, señorita! Se trata de un viejo con el que usted ha hablado de vez en cuando en la puerta del jardín.

-Ese va a ser Gregorio…

-¿Y quién es Gregorio, señorita?

-Gregorio es un pobre que me había dicho varias veces que no tenía donde caerse muerto.

-Y se ha muerto en la cama de la señorita con vistas al jardín y todo.

-¿Qué número es el del Hospital, Martina?

-Yo nunca he estado mala, señorita.

-Y cuando se puso usted de parto, ¿dónde tuvo al niño?

-En un taxi.

-¿No le dio a usted vergüenza ponerse de parto ante un desconocido?

-El taxista es el padre del niño, señorita.

-¿Y el número de la seguridad social, lo sabe, Martina?

-Yo creo que acaba en once...

La señorita marcó el número once en el teléfono:

-Caballero, ¿es el número de la Once?

-Si señora, ¿qué desea usted?

-Saber si el Gordo ha tenido buenos finales.

-Nosotros siempre tenemos un final feliz, señora.

-Pues el pobre que se ha muerto en mi cama, no puede decir lo mismo.

-No entiendo nada de lo que usted dice, señorita.

-Yo se lo explico, buen hombre. Resulta que Gregorio, el pobre que no tenía donde caerse muerto, ha venido a morirse a mi cama.

-¡No es posible! ¿Quiere usted decir Gregorio "El Remiendos"?

-Así creo que lo llamaban, caballero.

-¡Pobre hombre, es hermano de mi padre! y estoy colocado en este magnífico puesto gracias a él.

-Pues siento mucho que sea de su familia.

-Bueno, pero no nos hablábamos, como es tan pobre…

-Pues debería usted remediar la poca caridad que ha tenido con su tío. Venga usted rápidamente con un coche a recoger el cadáver.

La señora le dio la dirección al empleado de la Once, y a los cinco minutos estaba el pobre hombre allí, intentando llorar sin demasiado empeño. Se echó al hombro el cadáver de su tío y se despidió de la señora. Martina lloraba mucho más que el sobrino de Gregorio:

-¡Deje de llorar inmediatamente, Martina..! Ha sido una muerte fortuita, ni usted ni yo tenemos nada que ver, afortunadamente, con el desgraciado Gregorio…

Pero Martina no dejaba de llorar. Y era porque le daba vergüenza de comunicarle a la señora, que Gregorio, el difunto, también era tío suyo por parte de madre…

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