Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
¡SEÑORITA, hay un muerto en su cama! -¡Qué me está usted diciendo, Martina..!¡No me dé usted esos sustos!
-¡Se lo juro por las cenizas de mi padre, señorita!
-¡Es increíble..! Entre usted de nuevo en el dormitorio y ¡dígale a ese muerto que se vaya!
-¿Pero cómo se va ir, señorita, si está muerto?
-¿Ha comprobado usted si respira, Martina?
-¡Yo qué voy a comprobar, señorita?¡Yo estoy aquí para limpiar el polvo!
-Pues límpiele usted el polvo al muerto mientras yo hablo con el hospital.
-¡Ay señorita, qué disgusto!
-Haga usted el favor de llorar menos, Martina. Al fin y al cabo no creo que ese muerto le toque mucho ni a usted ni a mí.
-¿Entonces cómo es que está muerto en su cama?
-Habrá entrado por la ventana, Martina.
-¡Ay, Jesús, qué cosas hay que oír..!
-¿Se ha fijado usted si el muerto es joven o es viejo? ¿Se parece a Cristiano Ronaldo o a Cayetano Rivera?
-¡Qué más quisiéramos usted y yo, señorita! Se trata de un viejo con el que usted ha hablado de vez en cuando en la puerta del jardín.
-Ese va a ser Gregorio…
-¿Y quién es Gregorio, señorita?
-Gregorio es un pobre que me había dicho varias veces que no tenía donde caerse muerto.
-Y se ha muerto en la cama de la señorita con vistas al jardín y todo.
-¿Qué número es el del Hospital, Martina?
-Yo nunca he estado mala, señorita.
-Y cuando se puso usted de parto, ¿dónde tuvo al niño?
-En un taxi.
-¿No le dio a usted vergüenza ponerse de parto ante un desconocido?
-El taxista es el padre del niño, señorita.
-¿Y el número de la seguridad social, lo sabe, Martina?
-Yo creo que acaba en once...
La señorita marcó el número once en el teléfono:
-Caballero, ¿es el número de la Once?
-Si señora, ¿qué desea usted?
-Saber si el Gordo ha tenido buenos finales.
-Nosotros siempre tenemos un final feliz, señora.
-Pues el pobre que se ha muerto en mi cama, no puede decir lo mismo.
-No entiendo nada de lo que usted dice, señorita.
-Yo se lo explico, buen hombre. Resulta que Gregorio, el pobre que no tenía donde caerse muerto, ha venido a morirse a mi cama.
-¡No es posible! ¿Quiere usted decir Gregorio "El Remiendos"?
-Así creo que lo llamaban, caballero.
-¡Pobre hombre, es hermano de mi padre! y estoy colocado en este magnífico puesto gracias a él.
-Pues siento mucho que sea de su familia.
-Bueno, pero no nos hablábamos, como es tan pobre…
-Pues debería usted remediar la poca caridad que ha tenido con su tío. Venga usted rápidamente con un coche a recoger el cadáver.
La señora le dio la dirección al empleado de la Once, y a los cinco minutos estaba el pobre hombre allí, intentando llorar sin demasiado empeño. Se echó al hombro el cadáver de su tío y se despidió de la señora. Martina lloraba mucho más que el sobrino de Gregorio:
-¡Deje de llorar inmediatamente, Martina..! Ha sido una muerte fortuita, ni usted ni yo tenemos nada que ver, afortunadamente, con el desgraciado Gregorio…
Pero Martina no dejaba de llorar. Y era porque le daba vergüenza de comunicarle a la señora, que Gregorio, el difunto, también era tío suyo por parte de madre…
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